La ciudad, nuestra cárcel y nuestra perdición.

Aquí, sentado en una cómoda cama, abrazado por el calor de la estufa y enajenado por la caricia sonora de la suave música que emana del parlante que tengo detrás, comienzo a sufrir esas condenadas pero ya típicas crisis existenciales. Temas para los cuales el único interlocutor que tengo, soy yo mismo, porque generalmente nadie se pregunta estas cosas abiertamente: casi todos lo hacen detrás de ese velo oscuro en su propia mente, que impide a la sociedad ponerse de acuerdo para lograr un progreso real y entrar a una nueva era de libertad y armonía.

Estoy en una ciudad. En una ciudad inmensa, como muchísimas otras personas en el mundo. La mayor parte de la gente que existe vive probablemente en una, pero no lo entiendo. Y es que la urbe no solamente significa comodidad, conexión, rapidez, no es solo nuestro supuesto “acogedor” hogar. Las metrópolis son nuestras cárceles y los motores de la destrucción de este planeta. No me he dedicado muy bien a investigar el por qué psicológico que llevó al hombre a la creación de las ciudades, pero realmente me parecen un sistema macabro. La ciudad está llena de personas que día a día dedican su vida al forzoso trabajo sin más – y que, en este mundo capitalista, no está muy lejos de lo que conocemos como esclavitud–.

Como diría el genio Joaquín “Quino” Lavado Tejón, con su obra maestra “Mafalda”: “Trabajar para ganarse la vida está bien, pero ¿por qué esa vida que uno se gana trabajando tiene que desperdiciarla trabajando para ganarse la vida?”, y es que para mí esa frase es el fiel reflejo de lo que hacemos día a día, una frase que esconde el mismo círculo vicioso en el que vivimos. La gente trabaja para seguir viviendo, pero la vida que consigue sólo la gasta trabajando más aún. En este desgraciado sistema hemos renunciado a nuestras libertades, hemos renunciado a viajar por el mundo y descubrirlo, hemos renunciado a nuestro instinto natural de ir y explorar sin rumbo hasta llegar a los confines del planeta, para entonces simplemente condenarnos.

Y aquí encerrado en mi cuarto me abrumo pensando eso. Es que el planeta está macabramente manipulado, ya no podemos andar libremente haciendo lo que se nos plazca. Si el mundo fuese de otra forma, podríamos viajar sin rumbo por todo el planeta, arriesgándonos a aventuras extremas y emocionantes que realmente nos permitan aprovechar nuestra corta existencia; ir caminando de aquí hasta Groenlandia, navegar hacia la Europa, descubrir otras culturas y hacer de nuestras vidas una verdadera obra de arte. Pero eso ya es una utopía. El sistema de cosas que el hombre se ha inventado solo lo ha encarcelado a sí mismo, ya no podemos andar por ahí como si nada, porque ahora las tierras tienen dueños, y si en el camino nos muriésemos de hambre, tendríamos que –por dar un vago ejemplo– pagar para conseguir comida (en vez de sacar en plena libertad la comida que la naturaleza nos regala), y por otro lado deberíamos de pedir permisos para pasar de un país al otro, tener cuidado de no pisar tierras privadas sin autorización, y así sucesivamente, enfrentándonos a los miles de obstáculos creados por el propio humano, que nos impiden llevar a cabo nuestros deseos trotamundos.

Estoy convencido de que no soy el único que desea viajar por el mundo y ser realmente libre. Pero ese mundo está en peligro y esa libertad no existe, y tenemos que hacer algo. Vámonos a un plano más práctico aún para desarrollar esa idea. ¿Ustedes ven televisión? Yo casi no la veo. Porque me parece el cinismo más grande que se ha inventado el ser humano. ¿Te parecen lindos los paisajes de muestran en pantalla? ¿Te parecen interesantes los documentales acerca de la flora y fauna que, con mucha pasión, realizan esos acaudalados grupos de personas? Yo a veces los veo, pero no me compro su cuento. Si lo pensamos bien, el mundo que este sistema de cosas domina, se está acabando, y mientras nosotros estamos aquí encerrados en las metrópolis, sin más que trabajar, los más adinerados se dedican a viajar por el poco mundo que va quedando. Esos mismos adinerados son los que nos tienen como esclavos y quienes nos hacen mantener sus riquezas.

La naturaleza de este planeta está destruyéndose, y lo poco que va quedando lo ocupan los poderosos como el alegre pero cínico escenario de estos viajes que ellos se dan. A nosotros se nos entrega una vida llena de obligaciones, privaciones, supuestos “derechos” y huecas misiones; mientras en la televisión nos muestran todo lo que nos estamos perdiendo, y el gran chiste es que muchos parecen estar satisfechos con eso. ¿Piensan acaso que la vida es eterna? ¿Creen que vivirán miles de años, y que tendrán el tiempo suficiente para descubrir todo lo que hay más allá, siendo que hoy pierden el tiempo, condenados?

Este sistema está destruyendo la naturaleza. Está destruyendo el mundo real. La ciudad es un invento y la vida de verdad está en otra parte. Y nosotros, por seguir condenados al sistema sin rebelarnos, estamos dejando al planeta sin futuro. Los hermosos paisajes y la verdadera vida que el planeta nos regala están desapareciendo, condenados a ser los escenarios de la televisión, de los filmes que nos distraen día a día, y que nos impiden pensar. Descubrir el mundo no está ahí en la pantalla: está en hacerlo nosotros mismos, en carne y hueso.

Estoy harto de tener que vivir resignándome a no poder correr y saltar por kilómetros y kilómetros a la redonda, de tener que esperar meses y meses para poder salir con suerte una semana y nutrirme aunque sea un poquito de la verdadera libertad. Vivo el día a día como si fuese el último, intento ver mi vida como una película, donde todo es mágico, donde todo tiene un significado, donde todo es intenso y profundo. Pero a veces se pone difícil cuando te pones a pensar que no eres más que perteneces a un gran y macabro plan, y que no quieres seguir siendo parte de él.

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