El último recurso del idiota no es la ofensa: es el sarcasmo malintencionado

Para mí, el sarcasmo malintencionado (ese que se hace con malicia, claro) es la forma más baja de inteligencia, porque no solo demuestra la penosa incapacidad del emisor de decir las cosas tal como son, sino que también hace sumamente evidente la tonta antipatía de quien lo usa, y para colmo, deja en manifiesto un ridículo e inofensivo intento de burla. Y para qué hablar del humor, si el gran Oscar Wilde nos dejó claro, tiempo atrás, que el sarcasmo es la forma más baja de humor (¡pero él dijo también que es la “más alta expresión de ingenio”, ingenio bastante fácil y al alcance de todos, por lo que no me parece una verdadera expresión alta del mismo! Evidentemente no estamos en un mundo lleno de ingeniosos, de lo contrario, ahora mismo el mundo no se estaría acabando).

Cuando alguien me suelta un sarcasmo malintencionado, hay dos cosas que me apetecen hacerle: en primer lugar, gritarle en su propia cara “¡Lo he entendido pobre idiota!”, y en segundo, comprar inmediatemente un helado en Mc’Donalds y esparcírselo por la cara. Porque hasta eso es más divertido que un sarcasmo en mala onda. Y como tal, no sólo puede despertar un crudo sentimiento de humillación en quien lo reciba: puede llevar a grandes consecuencias que generen en el afectado sensaciones peligrosas, tales como el odio y la sed de venganza. Ambas, bien licuadas en el cerebro de un loco, pueden desembocar en la desgracia. Un desquiciado cualquiera puede matar a quien lo humille con un sarcasmo, y como estamos en un mundo lleno de desquiciados, tenemos que tener cuidado.

Ahora viene la pregunta del millón. Si el sarcasmo es entonces la forma más baja de inteligencia, ¿hay que ser realmente inteligente para idear un sarcasmo? ¡Definitivamente no! De hecho, creo que en un 90% de los casos es el último escudo del tarado. Ese tarado que se quedó sin argumentos o que quiere despertar la ira de su interlocutor porque sí, o ese al que sencillamente no le dan los sesos como para intuir la gran molestia que generará en el otro, o ese que no se percata de que tal vez su receptor sea muchísimo más ingenioso que él mismo y termine por derrumbarle apenas Don Sarcástico ataque con su arma más penosa.

Pero no todo es negro: el sarcasmo no siempre es destructivo y desabrido. A veces el sarcasmo sí nos hace reír, pero eso depende estrictamente del contexto. Así como una broma cualquiera que en ciertos momentos puede caer terriblemente mal, el sarcasmo pasa por lo mismo. Pero aún cuando da risa, no deja de ser creado por la parte estúpida de nuestras mentes.

La conclusión más grande a la que podemos llegar con todo esto es precisa y concisa: todos tenemos una parte estúpida en nuestra mente. Así que cuidado, que una colisión entre tu parte estúpida que crea el sarcasmo, y la parte estúpida del receptor que recibe el sarcasmo, pueden terminar en una explosión atómica que destruya el universo.

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