The big hurt

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Era un sábado extraño, como ningún otro, y ambos estábamos sumidos en el hartazgo ocasionado por las inanes problemáticas que nosotros mismos nos habíamos inventado. No quería pensar que el mundo nos estaba derrotando y que el destino, finalmente, traería ese desenlace tan indeseado del que tuve premonición desde el primer día en que lo vi. La esperanza seguía de pie, aunque débil, cansada, al borde de un colapso tan predecible como la lluvia en el invierno.

Tanto cansancio me había sumergido en un letargo que no cesaba. Mis ojos se hallaban agotados de tan profunda observación ante el miserable escenario que habíamos creado. Sucedieron maravillas como también cosas lamentables. Nos bañamos en sonrisas como también en lágrimas. Pero aquel día era distinto. En el exterior, un sol inmenso. Pero en nuestros corazones solo había oscuridad. Ni siquiera tormenta, ni siquiera esa energía vigorosa que el propio llanto irradia. Solo había silencio, vacío, un luto inquietante. ¿Realmente habíamos sido la unión perfecta? Jamás lo sabremos. Con mucha suerte podremos tal vez recordar el sentimiento que aquel día nos gobernaba -o que quizá me gobernaba solo a mí-.

La escena era deprimente. No había nada, no había nadie. Ese escenario que algún día estuvo tan lleno de energía y alegría ahora lucía como la verdadera representación de la nada.

Jamás hubo violencia entre nosotros, jamás llegamos a hacer de lo nuestro una tortura como quizá lo habíamos hecho antes en nuestros propios caminos, antes de que nos cruzásemos. Pero como en toda buena relación, hubo disputas. Mas no al grado de la destrucción total. Tan solo sutilmente, con una delicadeza incomprensible.

Aquel sábado traería el gran dolor. Nadie sabe por qué, ni si quiera él mismo lo supo. Jamás me lo dijo. Mientras yo me sumía en un descanso que llegaría a ser el más profundo que tendría en mi vida, él se preparaba para dar una sentencia devastadora.

Entonces me ahogué en el sueño más raro que jamás había tenido. La visión, el tacto, y prácticamente todos mis sentidos -excepto la audición-, desaparecieron completamente de mi campo de conocimiento, como si el propio cerebro los hubiera olvidado durante ese profundo dormir. Solo había música. The big hurt era una canción nueva para mí. La había dejado por casualidad en la lista del reproductor de música antes de quedarme dormido. Así que me dormí con el aparato en reproducción y los audífonos en los oídos. Lo que no sabía era que aquello me permitiría vivir una sensación que jamás hubiera imaginado. Relevar absolutamente todos los sentidos y tan solo quedarme con el sonido. Cuando la gente me hablaba del paraíso yo imaginaba bellos paisajes, pero esta experiencia me dejaría en claro que no era así. El paraíso se podía oír. La melodía de esa voz era absolutamente apaciguadora y le entregaba paz al alma. El sueño de sonido y nada más que sonido se estaba transformando en mi llegada al paraíso. Y además había olvidado quién era, ya no tenía ni siquiera conciencia de mí mismo. Eso disminuía las preocupaciones. Solo la música y la bella voz.

No había oscuridad, ni siquiera la ausencia de imagen se transformaba en un velo oscuro, porque ante el completo olvido de la luz, el sonido seguía siendo majestuoso, y lo era más aún.

Pero The big hurt era una manifestación de la más cruda premonición. Un verdadero presagio de algo grande, de algo doloroso. La confirmación de que mis sospechas eran acertadas. Y en ese estado tan extraño, ese limbo entre la vigilia y el sueño profundo, la canción se transformaba y el coro señalaba de manera más profunda lo que se venía. Todo había comenzado con un “Here comes the big hurt, pero ahora se hallaba en un “Here comes the big big big hurt“, y aquello era obra de mi propio pensamiento, porque más tarde podría descubrir que la canción no era tan reiterativa.

El despertar fue como volver a nacer, pero en conciencia. Cuando nacemos no tenemos conciencia de todo el mundo que se nos viene encima. Dentro del vientre materno todo es seguro y afuera todo es tormenta, todo es energía. Pero no lo sabemos ni lo comprendemos porque somos muy pequeños. Y ahora, por primera vez, podía sentir de manera consciente lo que tal vez significaba esa transición.

Quería volver a aquel estado, pero también quería hablar con él. Tal vez decirle que era mejor dejar que la tensión se liberara, que había que darnos un breve espacio. Pero le conté, y no sé por qué, sobre The big hurt. Quizá no supe explicarle o sencillamente no me supo entender, pero su respuesta no fue nada interesante… “Posiblemente hiciste una versión mejor de la canción en tu mente”.

El gran dolor estaba por llegar. Y yo lo sabía. Solamente era que no quería resignarme, y tampoco aceptarlo. Pero anocheció y entonces afuera también había paz, al fin. Quería verlo por un instante. Cambiar los paradigmas y hacer algo fuera de la rutina. Tal vez era muy tarde, quizá la sentencia estaba más que meditada.

Y de la nada, casi a la velocidad de la luz, y sin una pista previa, llegó el gran dolor. La canción me lo había dicho, el paraíso del sonido lo había repetido muchas veces “Aquí viene el gran dolor, el gran, gran, gran dolor”…

Nunca pude entender las razones. Nunca supe qué pasó. Jamás lo entendí y jamás lo entenderé, sólo sé que The big hurt me dejó conocer el paraíso al mismo tiempo que predijo el dolor más grande que he llegado a tener en mi vida. El dolor de perder a quien yo había amado con la parte más sincera de mi extraño corazón. El gran dolor no solo fue perderlo. El gran dolor fue también quedarme por la eternidad ahogado por las dudas, sumido en la incomprensión, desesperado por una respuesta que no dejara mi mente ahogándose en un mar de “¿Por qué?”.

El gran dolor sigue hasta hoy, con esa voz tan somnífera y relajante, ese piano y esa guitarra tan sutiles como hipnotizantes, esa percusión débil pero constante, que suena como los últimos latidos de un corazón agonizante…

The big hurt fue la marcha fúnebre de nuestro amor.

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