La pregunta eterna

Desde tiempos remotos, el ser humano se ha preguntado cuál es el verdadero origen de todas las cosas. En la antigüedad, todo se atribuía a los dioses, pero desde aquel instante en que abandonamos parcialmente la caverna que nos mantenía sumidos en esa imposibilidad de acceder al verdadero conocimiento, y procedimos a preguntarnos las cosas como siempre tuvimos que haberlo hecho, nos convertimos en sujetos de ciencia: en vez de inventarnos respuestas aparentemente saciantes, comenzamos a ahogarnos en preguntas cada vez más profundas.

No obstante aquello, hoy en día muchas personas viven su vida sin reflexionar un solo minuto acerca de este asunto. Tal vez no les interesa o simplemente lo consideran demasiado complejo como para comprenderlo, en una suerte de agnosticismo. Muchos deben pensar que es una pérdida de tiempo ahondar en asuntos que tal vez jamás lleguen a puerto; aunque para mí no lo es, y de hecho, lo considero imprescindible en cuanto al desarrollo de personas integrales.

Recuerdo con mucha nostalgia aquellos días de mi infancia en que salía a predicar sobre el cristianismo junto a mi abuela materna y su congregación de los Testigos de Jehová. Mientras la mayoría de mis amigos -todos del colegio- se quedaban en casa jugando videojuegos, viendo la televisión o quizás estudiando, yo caminaba cuadras eternas junto a mi abuelita entregando “las buenas nuevas del Señor”.

Siendo un niño cuya curiosidad a veces parecía exceder la correspondiente a un chico de mi edad -y esto lo digo sin arrogancia-, todo el tiempo intentaba buscar respuestas a las cosas. Jamás me quedé satisfecho con un “porque sí”, aunque en un principio, y dado mi contexto, la explicación siempre fue Dios. Y puesto que Dios era la respuesta para todo, podía quedarme totalmente tranquilo. Él sería entonces, por bastante tiempo, el agente apaciguador de mi explosiva curiosidad.

Luego de cierto lapso, y siguiendo aquel instinto insatisfecho -aquella voz en mi interior que me acompaña desde que tengo memoria-, pude reparar en que Dios no era el comienzo de todo, o al menos no la explicación de la causa primigenia de la existencia, y que por lo tanto debía buscar a como dé lugar la verdadera respuesta.

Aún yace entre mis más longevos recuerdos la imprecisa evocación de un día en que estábamos predicando por una de las avenidas más cercanas a nuestro hogar. Íbamos acompañados por una de las hermanas de mi abuelita, específicamente aquella a quien yo más cariño y respeto guardaba. En cierto momento se platicó otra vez sobre el tema del origen de la vida -los Testigos de Jehová no solo se dedican a tocar el timbre de cada casa y leerle a la gente párrafos de la Biblia como muchos creen, sino que también hacen de sus travesías por la ciudad experiencias espirituales, constructivas e interesantes, que se prestan para el debate y la reflexión-, y entonces la respuesta, nuevamente, era Dios. Con esa mente impulsiva de niño de 6 o 7 años, fue entonces que pregunté:

¿Y de dónde viene Dios?

La señorita que nos acompañaba se mantuvo pensativa en un lapso de pocos segundos. Sabio e inocente, tuve la esperanza de que me diría algo determinante, pero antes de que me respondiese, había comprendido que la respuesta no sería muy concluyente:

Yo creo que eso está apartado de la comprensión humana. No creo que el Señor nos haya dado la capacidad para entender qué había antes de él. Quizás ha estado siempre y siempre estará.

Puedo decir que aquel suceso marcó un antes y un después en cuanto a mi percepción de la realidad. Pero no sería hasta unos cuantos años más adelante, que mi obsesión por conocer el origen de todas las cosas me llevaría a ciertos líos mentales bastante profundos, de los cuales tan solo yo tendría conocimiento. Recuerdo días en que me quedaba profundamente dormido, y al despertar sentía una confusión y un desasosiego descomunales que me llevaban a preguntarme desesperadamente “¿Por qué siento? ¿Y cómo es que las demás personas sienten? ¿Cómo se puede entender eso de que cada ser vivo siente y percibe el mundo? ¿Cómo se habrá originado todo esto?”

Insatisfecho con la respuesta de que no podíamos comprender el origen de Dios, comencé a dividir mi vida en dos visiones, equivalentemente válidas para mi propio interior, simultáneas, y tan distanciadas mentalmente la una de la otra que no podían anularse: por un lado, seguí estudiando la Biblia y las enseñanzas de los Testigos de Jehová, y por otro, adquirí lo que podría ser interpretado como un modo científico de entender, basado en conocimientos objetivos y verificables, y no en supuestos apoyados en la fe y la doxa como la existencia de Dios u otras deidades.

Cuando emprendí la cautivadora tarea de analizar las teorías sobre el origen del universo y me topé con el Big Bang, me pareció apasionante. Ya no era Dios quien había creado todo, sino que una explosión casual y espontánea habría generado el cosmos. Cuando creí tener por fin la respuesta a mi interrogante, me di cuenta de que el Big Bang no era más que Dios disfrazado. Sí, Dios disfrazado, y no quiero ofender a ningún científico o persona que ejerza de algún modo las ciencias: Pensé en aquello porque me quedaba con la misma pregunta, sólo que formulada con unas pequeñas ediciones. En vez de ser “¿De dónde viene Dios?” o “¿Qué había antes de Dios?” ahora era “¿Qué había antes del Big Bang?”.

Más temprano que tarde, me habría de cruzar por el camino con las teorías de Einstein y, como no, de Stephen Hawking, y es que si de comprender el universo se trata, son indispensables las ciencias físicas. Sin tener una mente demasiado matemática pero bastante filosófica, comencé a analizar la parte teórica, propiamente tal, de la física. Y no me refiero a la física teórica que aún con mis conocimientos actuales me sería más que imposible de interpretar. Me refiero a la física que los mismos físicos -y los venerables maestros de las instituciones educativas- nos intentan explicar de modo que resulte ridículamente sencilla, como cuando nosotros tratamos de enseñar a los pequeños por qué rayos llueve o por qué las cosas son de color.

Entre estas teorías, algo parecía acercarse a la posible y anhelada respuesta a mi pregunta. Nadie me había podido decir de dónde venía Dios, pero Einstein, Hawking y otros físicos (que me perdonen estos últimos por no darles crédito) me venían a explicar, a grosso modo, qué habría originado el Big Bang. ¿Increíble, no? Y la respuesta tan esperada era:

Singularidad espacio-tiempo

Una singularidad gravitacional (o singularidad espacio-tiempo) es un lugar donde las magnitudes que se utilizan para medir el campo gravitacional son infinitas, de una manera que no depende del sistema de coordenadas. Dicho de otra forma, es un punto en el que todas las leyes físicas son indistinguibles entre sí, donde el espacio y el tiempo ya no son realidades relacionadas entre sí, sino que se fusionan indistintamente y dejan de tener un significado independiente. | Universo Hoy

En otras definiciones más sencillas, se expone que una singularidad es un punto teórico con volumen cero y densidad infinita. Esto significa entonces, desde mi propia interpretación, que la singularidad es un “punto” en donde toda la materia y la energía están concentradas de modo tal que no ocupan, en lo absoluto, espacio. Este punto tan concentrado y tan inconsistente al mismo tiempo, habría sido el precursor de lo que conocemos como Big Bang. Claro, ¿cómo este punto iba a aguantar tanto tiempo así, conteniendo toda la materia y energía en un lugar tan “pequeño” -inexistente en el espacio como lo entendemos, de hecho; e incomprensible para nuestra mente-? Lo que sí podemos asimilar es que, inevitablemente, este punto tendría que colapsar y explotar.

La singularidad gravitacional y los pilares que la sostienen están claramente fundamentados en la teoría de la relatividad general y en un montículo de ecuaciones que, por ahora, hasta el perro entiende más que yo. Pero independientemente de todas las demostraciones matemáticas y físicas que respalden estas teorías, e incluso dejando de lado el hecho de que podrían explicar el origen del cosmos por medio del Big Bang; ¿la relatividad y la singularidad responden finalmente la gran pregunta?

La respuesta es no. Incluso así, la singularidad no responde a mi pregunta, e insisto nuevamente, con esto no quiero ofender a ninguna persona de ciencia. Tal vez algún día estudie por completo la teoría de la relatividad, pero aunque la conociese de pies a cabeza, estoy convencido de que no me respondería nada. La experiencia me anticipa un “desenlace” bastante similar a los que he ido teniendo desde pequeño con mi seguidilla de preguntas que comenzaron con un inocente “¿Y de dónde vino Dios?”. Esa pregunta fue mi propio Big Bang interno.

El punto de todo este asunto (y no me refiero a la singularidad), es que tal vez busco una respuesta imposible de ser formulada en nuestras dimensiones. Y aunque respeto el agnosticismo y a todas las personas cuyo día a día se desarrolla en una completa ignorancia y un desinterés perturbador respecto a este asunto, me gustaría ver a más personas que Hawking y otros pocos científicos enfrascadas en averiguar cómo se construyó el mismísimo rompecabezas que nos sostiene. El gran dilema respecto a esto, sin embargo, y lo que me aparta a veces de los estudios que se llevan en estos tiempos para comprender el origen del universo, es que mi pregunta no intenta encontrar qué creó el universo tal como lo conocemos: mi gran interrogante demanda a rajatabla una explicación cerrada, finita y concreta sobre el origen de todo lo existente, de cómo la “nada” pasó a “algo”, de qué hubo antes, cuando “nada” existía, incluso antes de la singularidad gravitacional, incluso antes de aquello que provocó la singularidad gravitacional y de eso que originó a aquello que provocó la singularidad… Un lío infinito. Un lío infinito que pareciera no tener solución. ¿Cómo entender la no-existencia si apenas comprendemos la existencia? ¿Cómo escarbar entre los albores del colosal cosmos para determinar qué pasó cuando nada existía y por qué, y cómo se inició todo?

Esto va más allá de saber cómo se crearon los complejísimos sistemas químicos, físicos y biológicos que sustentan la existencia de nuestro mundo y el funcionamiento de todo lo que podemos percibir, y que hasta hace unos pocos milenios eran todo un misterio que, para mayor comodidad y pereza intelectual, se atribuía a la existencia de deidades. Inclusive, aunque se descubriese un día que nuestro universo no es más que una simulación computacional desarrollada por seres superiores, aún así, mi pregunta seguiría vigente. Las teorías del origen de la vida son absolutamente apasionantes, así como las teorías físicas y cuántas más. Pero aún mezclándolas todas, no hay datos suficientes para respuesta esclarecedora, como diría Multivac en el relato “La última pregunta” de Isaac Asimov (breve obra literaria que recomiendo encarecidamente).

La gran pregunta, que me persigue como si yo fuera el mismísimo universo tratando de entenderse, puede fácilmente sumergirnos en una atmósfera de confusión e incomprensión. No es primera vez que hablo de este asunto, y sin embargo, las pocas veces que lo he hecho termino con respuestas tan predecibles como “Tal vez esto ha sido siempre eterno, ¿y qué tal si las cosas son circulares: jamás empezaron y jamás terminarán?”. Prefiero quedarme con el agnosticismo como lema de vida, a resignarme con esa respuesta tan tonta. Renunciaría al conocimiento y volvería a la cueva a mirar las sombras y a creer que eso es la realidad, antes que dimitir de manera tan absurda.

La búsqueda del origen propiamente tal nos lleva una y otra vez a un vicio infinito. Siempre va a haber algo que vino antes que lo otro, y eso nos hace pensar que el infinito guarda la propia respuesta. Pero eso carece de lógica y no es comprensible. La palabra infinito es un enigma para la mente humana: lo definimos como aquello que no tiene término, pero aún así, si nos detenemos a reflexionar, no nos hace mucho sentido. Podemos pretender que lo comprendemos conceptualmente, pero no somos capaces de imaginarlo (y si lo imaginásemos, tal vez nuestro cerebro explotaría con la fuerza de 3 millones de Big Bang’s simultáneos).

¿Podrá algún día la gran pregunta ser respondida? ¿Será capaz la mente humana de comprender el origen puro, el origen primigenio, la razón prima de la existencia?

Un universo infinito tiene espacio para preguntas infinitas…

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