Nuestra realidad virtual

Comienza a masificarse el mundo de la realidad virtual. Gafas que nos cubren los ojos por completo y audífonos con sonido de alta definición son el siguiente paso que el mundo de la entretención está dando. Pareciera ser también el “nuevo” gran avance que la tecnología desarrollada para el control de masas está dando, aunque como bien sabemos, este intento por controlarnos viene desde hace bastante tiempo.

Primero fue la televisión, tan pronosticada por la literatura de épocas pasadas como el monstruo que iba a destruir la verdadera sabiduría, el intelecto humano y el pensamiento crítico. En cierto modo podemos convencernos de que, efectivamente, la televisión ha logrado su cometido -tan solo pensemos en la denominada cultura huachaca o en la estupidez de las nuevas generaciones-, pero ha sido incapaz de hacerlo por completo: a pesar de ser altamente adictiva e idiotizante, no es lo suficientemente envolvente como para que dejemos de pensar hasta el fin de nuestros días. Lo mismo ha sucedido con el mundo de las computadoras, el Internet y los teléfonos inteligentes. Por mucho que nos limiten el pensamiento, tarde o temprano hay que usar la cabeza -dentro de esta realidad- para seguir ocupándolos y seguir viviendo.

La “nueva” realidad virtual es envolvente. Es muy seguro que con prontitud todos los sentidos estarán involucrados en ella: No solo la visión y la audición, sino que también muy probablemente el tacto, el gusto y el olfato. Tal vez científicos desarrollen cascos que cubrirán absolutamente toda nuestra cabeza, o microchips sumamente avanzados que alteren directamente nuestra percepción con información manipulada. Información con la que podremos interaccionar, creyendo que esa es la verdadera realidad.

Pero, ¿sería esa efectivamente la primera realidad inventada que experimentaríamos?

El cerebro: la máquina de realidad virtual más grande

“No cabe duda de que la realidad es distinta de cómo la vemos.” Kia Nobre

El cerebro es nuestra máquina de realidad virtual. Si nos ponemos místicos, podríamos sostener que el cerebro es el artefacto encargado de encerrar nuestras almas para someterlas a la experiencia de una realidad artificial en específico. Si somos más científicos, podemos afirmar que nuestro cerebro se encarga de traducir la información -o estímulos- que percibimos, en sensaciones que comprendemos. Esa comprensión, naturalmente, es peculiar, tiene ciertas características; dicho de otro modo, está configurada de una manera en específico, así que no es perfectamente objetiva y tampoco considera todas las posibilidades.

No soy el primero, evidentemente, en indicar que el cerebro nos muestra una realidad virtual: muchos expertos sostienen que nosotros mismos creamos la realidad, y eso no está muy lejos de la verdad. Lo que sucede es que muy pocos lo entienden.

Intentemos imaginar una realidad sin los sentidos que conocemos. Sin tacto, visión, audición, gusto ni tampoco olfato. Es imposible. Solo podemos imaginar una rosa si evocamos su imagen o su aroma. Solo recordamos e imaginamos de acuerdo a lo que hemos sentido porque nuestro cerebro es incapaz, en este ámbito, de procesar algo diferente a la información que nos entregan nuestros propios órganos sensitivos.

Existen reportes de personas que nacieron ciegas y que han podido ver en sus sueños. Si esto es verídico, tal vez se pueda atribuir a la información genética albergada en nuestro ADN con respecto a la existencia de nuestros cinco sentidos -independientemente de que en estas personas el desarrollo biológico relacionado haya resultado en un fracaso-. He leído acerca de un sujeto que nació ciego y que en su adultez se sometió a una operación para adquirir la visión (esto fue posible ya que el defecto no era tan grave y se hizo reparable con el avance de la tecnología). Cuando pudo ver -es decir, cuando su órgano sensitivo fue reparado y su cerebro empezó entonces a recepcionar la información que siempre fue capaz de recibir e interpretar- se mostró algo decepcionado, ya que la realidad que observaba le parecía antiestética y un poco difícil de interpretar.

Ahora, imaginemos un ser que jamás ha existido, démosle forma y dotémosle tan solo de dos sentidos: visión y olfato. Para esta criatura la realidad está limitada a eso: a lo que puede verse y a lo que puede olerse. Esa es su realidad, una realidad inventada a partir de imágenes y aromas. ¿Significa esto que el sonido no existe, por ejemplo? Tal vez a ella le sea imposible entenderlo, pero eso no significa que el sonido no existe para aquellos que sí pueden experimentar la sensación vinculada. Simplemente, la información que el propio cerebro de la criatura puede obtener e interpretar a partir de la realidad es limitada, y no responde frente a otro tipo de estímulos.

Lo mismo sucede con nosotros. La percepción de la realidad se limita, justamente, a la información que podemos recibir gracias a nuestros órganos sensitivos y, al mismo tiempo, a la manera en que el cerebro interpreta los estímulos que recepcionamos. Así es que creamos nuestra realidad, la inventamos. El cerebro se encarga de darle sentido propio a su exterior y a percibirlo de la forma en que está configurado -o en que se ha autoconfigurado- para hacerlo. Por eso puede ser que para otra criatura la audición no tenga sentido o la visión sea insignificante, tal vez ella experimente una realidad en base a otras sensaciones y otro tipo de interpretaciones.

Quizás existen seres con sentidos completamente diferentes a los nuestros, y que se manifiestan de un modo que impide que nuestros sentidos los detecten, de manera que ni siquiera podemos percibirnos mutuamente. Tal vez estén al lado de nosotros pero nuestros sentidos son incapaces de percibirlos, así como nosotros no podemos ser vistos, oídos, saboreados u olidos por ellos (ya que carecen de visión, audición, gusto u olfato). Es probable que existan seres con nuestros mismos órganos receptores pero que sin embargo interpretan la información sensorial de una manera radicalmente diferente: con esto me refiero a que, verbigracia, su visión y los estímulos lumínicos no les permitan percibir imágenes, sino que otro tipo de sensaciones que desconocemos. Los individuos con sinestesia, por ejemplo, son capaces de oír colores o ver sonidos ya que su cerebro interpreta “errónamente” la información de los estímulos visuales como sonido o la información de los estímulos sonoros como imágenes.

Toda esta creación de una realidad virtual también se refleja en lo que sucede con nuestros sentimientos. La alegría y la tristeza, la necesidad de estar en pareja, la rabia o el miedo ante el peligro, el placer o el desagrado; todas son parte de nuestra realidad y, al mismo tiempo, invenciones de nuestro cerebro orientadas a permitir nuestra supervivencia. Cuando pequeños se nos enseña, sin que lo entendamos a ciencia cierta, que los sentimientos son abstractos, y efectivamente lo son, ya que tan solo se tratan de invenciones* gracias a las cuales nuestro cerebro puede instarnos a realizar determinadas acciones que nos permitan seguir viviendo de la mejor manera posible. De ahí que sigan siendo importantes, y que el hecho de ser abstractas no signifique que tengamos que dejar de luchar por el bienestar de todas las personas.

*Para la tranquilidad espiritual de quien pueda estar leyendo esto, aclaro que la afirmación expuesta no sostiene que el alma sea incapaz de amar o ser feliz, por ejemplo, pero puede ser que, si efectivamente existe, esta sea capaz de experimentar sensaciones superiores a las que experimenta nuestro cuerpo físico y el cerebro. Este artículo en específico no pretende entrar a debatir sobre la existencia o inexistencia del espíritu. Ese asunto será tratado posteriormente.

Así es que cuando sientes un aroma u observas los maravillosos colores del amanecer, no estás experimentando nada cercano a una realidad perfecta, ¿o podemos decir que la realidad visual que nosotros percibimos es más válida que la de reptiles que tienen visión infrarroja? Ninguna es superior a la otra, simplemente pertenecen a diferentes percepciones de una realidad que no podemos comprender en todas sus dimensiones. Kia Nobre, neurocientífica de la Universidad de Oxford, sostiene que el mundo real podría ser totalmente diferente a como lo percibimos conscientemente, pero que, a pesar de todo, es posible estudiar la cognición y su interacción con el mundo, nuestras acciones y el navegar por nuestra existencia, de forma casi perpendicular al misterio que esconde la pregunta “¿Es el mundo realmente como lo percibimos?”. En una entrevista del programa “Redes”, del canal español TVE, señaló: “Existe un mundo allí afuera, pero no creo que pueda probártelo”.

Con todo lo dicho, ya no resultan muy dementes las teorías de David Icke, escritor y co-guionista de la película Matrix, quien propone que experimentamos una realidad no muy diferente a la que se muestra en la cinta. Icke dice que nada de lo que sentimos es real, sino que la percepción de la realidad se limita a cómo nuestro organismo y nuestra mente reaccionan frente a ciertas vibraciones de partículas a las que somos sometidos por medio de determinados mecanismos. Si nos lo pensamos bien, en cierto modo todos nuestros sentidos están ligados a eso:

Podemos oír porque interpretamos de una determinada forma la vibración de las partículas en el aire. Podemos ver porque nuestros ojos son capaces de captar el comportamiento de partículas lumínicas o fotones, y de enviar la información respectiva -codificada- hasta el cerebro. Este último crea una imagen mental para tener una idea parcial de lo que sucede ahí afuera. Tenemos el sentido del tacto porque somos sensibles a la organización que puedan tener macroscópicamente las partículas -pero las texturas y las formas son tan solo una creación nuestra, una manera inventada de entender que el cerebro utiliza para monitorear lo que tocamos, permitiéndose así reconocer cualquier cosa que pueda dañarnos-, y nuestros sentidos del olfato y el gusto no son nada más que la reacción frente a las propiedades químicas de estas partículas (que el cerebro clasifica muy inteligentemente en una gamas de olores y sabores, y que al mismo tiempo nosotros podemos interpretar como placenteras o desagradables, de manera que podamos alejarnos de los estímulos desagradables que muy probablemente nos podrían dañar). El dolor, por su parte, es un invento muy bien realizado para alejarnos de los estímulos relacionados a aquello que nos hace daño, y el placer, otro invento para que nos acerquemos constantemente a lo que nos conviene.

El tiempo es también un ámbito interesante de nuestra realidad creada. El cerebro condiciona nuestra percepción con respecto a la velocidad del tiempo de acuerdo a lo que nos sea conveniente y necesario para sobrevivir. A veces, en situaciones complicadas, percibimos que el tiempo transcurre más lentamente, ya que nuestro cerebro comienza a realizar un análisis más profundo de la información recepcionada por nuestros sentidos. Ver cómo todo pasa más lento también nos permite ejecutar acciones más rápidamente, lo que nos ayuda a mantenernos a salvo del peligro. Quién sabe cómo será realmente el tiempo, tal vez un segundo sea equivalente a un helado de frambuesa para algún extraterrestre. Nuestra forma de comprenderlo, al menos, es bastante aburrida: algo que transcurre, pero que no vemos, olemos, oímos, saboreamos ni tocamos.

Podríamos sostener que, en general, percibimos una falsa realidad. Lamentablemente no sabemos a ciencia cierta qué hay exactamente ahí afuera. Probablemente nunca nos respondamos la pregunta “¿Existe realmente el mundo real?”. Tal vez seamos pequeños seres del tamaño de un grano de arroz sometidos a vibraciones que nuestros cerebros interpretan para crear una realidad “física”. Quizá somos espíritus eternos, atrapados a la fuerza en cuerpos que nos permiten percibir una realidad virtual creada por los Reptilianos (como dice David Icke) o tal vez no seamos más que seres completamente diferentes los unos de los otros, experimentando cada quien una versión increíblemente única de la realidad.  Si nuestro cerebro asigna cierta sensación o un determinado sentimiento frente a los estímulos, entonces fácilmente las sensaciones y las realidades pueden ser infinitas.

Lo único cierto y seguro es que de una u otra forma sentimos, y por eso debemos considerarnos afortunados. Si no fuera así, ni siquiera estaríamos conscientes de nuestra existencia o, simplemente, no existiríamos.

Disfrutemos esta vida sintiendo y preguntándonos por qué sentimos. Vivamos la profundidad de los sentimientos como si fueran realmente ciertos, pero sin dejar de cuestionarlos.

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No existe una realidad «física» «allí afuera». El mundo «sólido» que creemos ver y experimentar es una ilusión que descodifica el cerebro y la estructura genética en general a partir de la información vibracional, igual que un ordenador descodifica Internet en imágenes y texto que vemos reflejado en una pantalla.
David Icke. “El despertar del León”, 2012.

 

El ser humano forma parte del todo que nosotros llamamos Universo, limitado a la vez en el tiempo y el espacio. Él se experimenta a sí mismo, sus pensamientos y sentimientos como algo separado del resto- como una especie de ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es como una prisión para nosotros, limitándonos a nuestros deseos personales y al afecto de unas pocas personas cercanas. Nuestra tarea debe ser liberarnos de esta prisión, ampliando nuestro círculo de compasión hasta abarcar todas las criaturas vivas y la naturaleza completa, en todo su esplendor. Nadie es capaz de conseguirlo completamente, pero esforzarnos en este sentido es ya una parte de la liberación y es la base de nuestra seguridad interior. | Albert Einstein. New York Post, 28 Noviembre 1972.

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