Soportar dos extremos insoportables: la mediocridad y la jactancia en el aula

Dejaré por unos minutos de lado los asuntos filosóficos, para profundizar en una cuestión más cotidiana, lejos de todas esas preguntas elevadas que nos llevan a poner en duda absolutamente todo.

Naturalmente, no soy el mejor alumno en mi clase, mucho menos alguien digno de destacar en varios de los ramos más importantes vinculados a mi carrera. No me interesa, en lo más mínimo, destacar por sobre los demás. Sí que me importa -evidentemente- mejorar y auto superarme de manera paulatina, cosa para la que con cierto esmero estoy trabajando. Que eso a la larga signifique que voy a empezar a llevarle la delantera a otros, es algo que viene casi por «inercia» y que, nuevamente, no me causa interés. De hecho, me gustaría que todos fuéramos iguales en ese sentido.

No es la primera vez que ingreso a una universidad. En la oportunidad anterior el asunto fue más breve que un amor de bus, pero si hay algunas cosas que me quedaron de esa fugaz experiencia, son los maravillosos recuerdos: Excepcionales personas que me acompañaron por aproximadamente tres meses en una aventura que nunca olvidaré. Los chicos, en su gran mayoría, eran sumamente aplicados y estaban dispuestos a todo con tal de cumplir con las exigencias, y de aprender como se debe aprender. Mi grupo era peculiarmente estudioso, mientras que el resto, a pesar de tener a veces más ganas de salir a festejar que de estudiar, igualmente irradiaba un cierto ánimo de motivación y un verdadero espíritu universitario.

Hoy, más de un año después, me encuentro en un ambiente totalmente diferente y en un contexto algo desemejante al que en alguna ocasión estuve inmerso. Los compañeros(as) son en su mayoría agradables y campechanos, sin embargo esto no quita ciertas situaciones (ajenas a quienes me son más cercanos) que a veces me hacen perder la fe en la raza humana. A continuación no espero ofender a nadie. Desde muy pequeño he tenido la convicción de que si queremos revolucionar el mundo y mejorarlo, no hay que tener miedo de decir las cosas como son, criticarlas, y sugerir mejorías con nuestro propio ejemplo. Así que, comencemos:

Si hay algo que me molesta profundamente y que, por más que intente tolerarlo -o ignorarlo- no puedo, es la actitud de mediocridad. En primer lugar, hay que dejar en claro que existen muchas instancias en las que una persona puede reflejar una imagen que la catalogue como mediocre, sin que eso signifique que uno es realmente así: Hay sujetos a los que, por ejemplo, nos resulta más difícil el desarrollo de ciertas actividades que a otros, ya que todavía no adquirimos las competencias pertinentes para llevarlas a cabo. Para eso es que debemos perfeccionarnos en aquello -si así lo deseamos y/o si es necesario-, de manera que en cierto punto, luego de sucesivos intentos, las adquiramos. Pero eso es diametralmente diferente a la actitud de mediocridad, de hecho, es actitud de superación. La mediocridad se ve ahí cuando la persona no tiene una sola intención de mejorar o, peor aún, cuando se queja y se muestra elusiva ante absolutamente todo lo que le permita «mejorar».

Es sumamente irritante y fastidioso cuando un profesor prescribe la realización de una actividad -o determina una importante cantidad de contenidos a evaluar en la próxima prueba- y gran parte de los alumnos comienzan a quejarse. Esos quejidos tan insoportables -más molestos que un mosquito que vuela cerca del oído- toman forma de suspiros sumamente melodramáticos y lamentos impertinentes y ridículos que se materializan cuando avanza la clase y todos se dan cuenta de que se trata de un contenido considerablemente extenso. Esto no sucede únicamente en el contexto que ahora me envuelve: lo he visto en muchos otros lugares, pero ahora se me ha hecho bastante menos soportable: se ha convertido en una realidad del diario vivir. En ese sentido, nunca, en mis casi 20 años de vida, lo había presenciado como algo tan constante.

Comprendo que no todos tenemos las mismas capacidades de aguante, y que el vigor y la fortaleza son relativos, dependiendo estos directamente del contexto de la persona y su calidad de vida; pero si alguien se propone el estudio de una profesión, lo debería hacer bajo la responsabilidad de que se enfrenta a un gran desafío, con la plena conciencia de que ya no está en el kinder y de que se vendrán tiempos verdaderamente difíciles: debe estar convencido de que es un reto significativo, y de que tendrá que enfrentarlo con ímpetu. Reconozco también que, como seres sintientes, tenemos pleno derecho a manifestar las sensaciones que nos aquejan, no obstante, eso no quiere decir que podemos hacer de cada segundo en la universidad -o de cualquier instancia en donde se requiera un considerable esfuerzo propio para un beneficio propio, mutuo y para con la sociedad- una verdadera escena de drama y tragicomedia, o una orquesta de gemidos y lamentos pertinaces que transforman el salón de clases en un verdadero estudio cinematográfico de pornografía -auditivamente hablando, claro-. En momentos como ese, es cuando me gustaría aplicar a rajatabla y de manera insensible y ciega mis ideas filosóficas, y verlos a todos como pobres seres no pensantes, pero eso sería bastante altanero de mi parte.

En momentos como ese, me pregunto: ¿qué sentirá el profesor o profesora ahora mismo? Y no se trata de adular al docente, pero es cosa de ponerse en su lugar e imaginar lo decepcionante y desmotivante que puede ser para alguien con vocación ver que la mayoría demuestra una actitud de no querer aprender. ¿Quién, en su sano juicio, pensaría que es agradable exponer sobre aquello que te gusta frente a una audiencia que lo único que quiere es irse? Me imagino cómo sería para mí una situación similar si estuviera hablando de filosofía, exponiendo a la clase acerca de los misterios de la vida, intentando generar debate en torno a una de mis preguntas favoritas: ‘¿Por qué hay algo en vez de nada?‘. Bueno, puede ser que a muchos no les interese lo que exponga, pero eso no significa que haya que caer en los gemidos patéticos y en la falta de respeto. Asimismo, en el caso de que fuera un contenido imprescindible para la profesión -o para el desarrollo personal integral, que no se debe dejar de lado y que es igual de importante, por mucho que a algunos les parezca inane-, consideraría una total muestra de mediocridad el resistirse a recibir con apertura la sabiduría que se les intenta promover. Ya no sé si se trata de estupidez, inmadurez, o ambas juntas.

Los universitarios -y los estudiantes en general- deberían procurar desarrollarse como personas íntegras e integrales que se comprometan con el estudio y la sabiduría. Dejar de pretender que toda la vida van a conseguir las cosas de manera fácil es un punto crítico y necesario. Una persona debe, en este sentido, estar dispuesta a los obstáculos que trae el camino y a enfrentarse a los diferentes niveles de dificultad a los que se le someterá. Estar absolutamente abierta a nuevos conocimientos, aunque duela. No vamos a entrar a discutir acerca de si el sistema educativo es perfectamente bueno o no, pero si así lo fuera, ¿qué se esperaría de personas que ni siquiera en este sistema son capaces de demostrar una actitud pertinente?

Del mismo modo -y es, por excelencia, una de las cosas que más promuevo y practico desde que me desenvuelvo en contextos relacionados-, los estudiantes deberían tener la intención de ir más allá, es decir, no quedarse simplemente con las normas, estándares, y exigencias a las que se les somete: aprender más de lo que se expone clases, buscar una mayor estética que la exigida, realizar trabajos (informes, presentaciones, etc.) de mayor calidad que la que solamente trae consigo una buena nota, y del mismo modo, dejar de pretender que todo va a ser rápido y fácil, reconociendo de una vez por todas que van a existir asuntos que requerirán una mayor dedicación y, por ende, una considerable cantidad de tiempo.

Es muy importante y valorable además el no basarse en el conformismo de la masa (“Pero si pidieron eso nada más“), sino que superar los límites, romper los paradigmas, hacer las cosas algo más dinámicas y menos monótonas, jugar con la creatividad. El conformismo es nocivo para la raza humana, un parásito capaz de dejarnos por siempre estancados en el punto casi muerto en donde estamos. Si nadie pretendiese ir más allá, entonces la energía que impulsa el avance de nuestra sociedad se acabaría. No hay que ser un profesional o un genio para comprender todo esto, es una cuestión que engloba una gran cantidad de ámbitos.

El estudiante debería, por lo tanto, atenerse a aquellas cirscunstancias a las que se verá expuesto, siempre -y sobretodo- cuando estas se relacionen al crecimiento personal y profesional. Dejar de quejarse -me refiero meramente al contexto expuesto-, y empezar a abrirse al conocimiento y al trabajo en pro del bien común. Esto, en ningún caso, implica que no hay que mostrarnos críticos y que debemos seguir como idiotas las imposiciones del sistema, pero por naturaleza la vida debe tener obstáculos y requerir de nuestro esfuerzo -si no les convence, entonces volvamos a la vida salvaje y veamos qué tan fácil es cuando un depredador se nos cruza en el camino: en cualquier ámbito la vida nos pondrá a prueba-. Otro tema es que existan injusticias de inequidad y desigualdad contra las que tenemos que pelear. Que nos quieran enseñar mucho o que nos den como bomba en fiesta durante las clases, no es ninguna injusticia.

El otro extremo

Así como la mediocridad, es muy común que en las aulas sobresalga otro tipo de actitud, y en esto creo que estaremos más de acuerdo. No se da en la mayoría, sino que ocurre -generalmente- en casos que podemos contar con los dedos de nuestras manos. Hay que reconocer, antes de continuar, que es más fácil caer en la cuenta de actitudes que solo se dan en ciertos casos, que aquellas que ocurren en casi todos los sectores de la sociedad -y que la mayoría de las personas no cuestiona, porque claro, corresponden a paradigmas-.

Es el extremo de la jactancia y la arrogancia, esa gente sabionda que está todo el tiempo tratando de destacar. He leído un poco acerca del complejo de superioridad, que explica la obsesión que tienen ciertas personas por buscar una manera de destacar más de lo prudente -intentando, de forma evidente y acentuada, disminuir al resto- y así poder ocultar sus defectos e inseguridades. Este complejo, naturalmente, no se da en todos los casos de jactancia que ocurren en el ámbito académico: Seamos sinceros. Por mucho que nos agrade cierto sujeto, y por muy simpático que sea fuera del aula, nada se nos hace más insoportable que cuando está toda la clase adelantándose a lo que expone el docente, o bien, contribuyendo más allá de lo prudente, impidiendo que otros también puedan cooperar.

Esto no se trata de criticar la participación en clases: muy por el contrario, participar en la clase es sumamente necesario y corresponde a un fruto directo del desarrollo personal integral. Además, permite que nos enriquezcamos de aquello que nuestros pares nos pueden compartir, pero la participación en clases se hace aburrida y monótona cuando un solo individuo participa, sobretodo si esta persona demuestra constantemente una notoria inclinación a minusvalorar al resto. Yo también he realizado pequeños aportes en clase, pero lo hago de manera calma y casi como si estuviera conversando o contando algo: nunca como un desesperado que busca asiduamente una manera fácil y barata de sobresalir, escupiendo información como autómata y rezando porque el profesor le felicite.

Recuerdo con mucha gracia una ocasión -que de hecho ocurrió este año-, en que comencé a contarle a un sujeto de estas características lo mucho que me fastidiaba la gente así. Evidentemente no me referí a alguien en específico, pero él inmediatamente me confesó que también le molestaba bastante y que trataba de no ser así. A la semana después ya no me hablaba, pero de algo habrá servido, ya que muy probablemente dejará de hacerlo -o bien, lo pensará dos veces antes de ser el eco o el augur del profesor-. Esto me hace pensar que ese tipo de gente está consciente de lo que comete, aunque a partir de un solo caso no se pueden extraer datos concluyentes.

El ambiente universitario -o el de cualquier institución educativa- también debería ser aquel que nos permitiese a todos expresar nuestras ideas de una manera libre y equitativa, facilitando a cada uno el espacio necesario para que lo haga, lejos de los penosos afanes de algunas personas por sobresalir y mostrarse superiores. Si una persona se considera lista o habilidosa en cierto ámbito, debería procurar que aquello se traduzca en una contribución para la sociedad -o para su entorno más cercano, si lo desea- y no en un vicio de búsqueda de aprobación o adulación del profesor hacia el alumno, o en una oportunidad para disminuir al resto.

He comprobado que a muchos nos desagrada este tipo de situaciones, y por lo tanto es necesario que los sabelotodos comiencen a mirarse y a dejar su complejo de superioridad a un lado. Si queremos construir un ambiente agradable para todos, entonces dejemos de hacer cosas tan evidentes que a los demás les pueden fácilmente molestar -o que de por sí ya son insoportables-. Basta de interrumpir las clases con estupideces pensadas para sorprender a los profesores, no más intentos de ganarse a la fuerza una imagen de superioridad: más vale cooperar con los demás y permitir la participación de todos, en lugar de ser un sujeto necesitado de atención que se aprovecha del silencio instaurado en la sala de clases para lucirse con algo que muy probablemente todos manejan.

Todo esto no se trata de empezar a callarse y hacer de la clase una misa: por el contrario, se trata de cambiar los paradigmas y permitir que todo el mundo participe. Dejar atrás la mediocridad y la jactancia generará, muy probablemente, una revolución en las aulas y un nuevo comienzo en el camino del progreso de la raza humana. Cuando dejemos de lado la pereza y la holgazanería, cuando enterremos la arrogancia y la soberbia, dos extremos insoportables que tanto se dan hoy por hoy en las aulas, será el día en que seguiremos avanzando. No pensemos en que solo unos pocos son capaces y en que la mayoría debe quedarse ahí en el conformismo. Todos podemos, pero para que eso se note hay que cambiar la actitud, ir más allá y, por supuesto, mantener un ambiente de respeto y armonía.

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