Mi visión sobre vida espiritual en la actualidad – parte 1

Cuando hablo de vida espiritual, en primer lugar, me siento solo. Pero este hecho no tiende a vincularse con aquella soledad recalcitrante que se inmiscuye en tu yo más profundo, ahogándote en una verdadera marea de violenta tristeza. Es una soledad armoniosa, enriquecedora, vehículo de la más profunda introspección, inicio de un viaje digno de trotamundos. Pero soledad al fin y al cabo.

Aunque se trate de algo tan místico como cautivador, tener una visión de la realidad que para muchos en su “sano juicio” podría considerarse casi esquizofrénica, genera una sensación de elevación un poco abrumadora, pero no en un sentido negativo, y mucho menos influenciado por la arrogancia. Abruma porque claro, te sientes demasiado “superior” espiritualmente, pero alguien espiritual que por naturaleza ha dejado atrás todas las sucias ambiciones, no es soberbio. Entonces se crea una paradoja evidente, libre de sutilezas y repleta de dudas. Libre de sutilezas porque es abismante, notoria, y te recuerda a cada momento el hecho de que ahí está. Repleta de dudas porque te cuestionas. Jamás he buscado estar por encima del resto, ni siquiera sentir que lo estoy, pero cuando te das cuenta de que has dejado gran parte de ese mundo del que todos “gozan”, manteniéndote parcialmente en ello tan sólo para tener contacto con otras almas -encontrar a tu gente– y seguir existiendo terrenalmente, observando a los demás como si, metafóricamente, estuvieran por debajo (en un estado de conciencia menor), entonces puedes entrever en los procesos internos de tu mente una leve arrogancia: Ves a casi todos lastimosamente viviendo en una gruesa burbuja, mientras tú te esfuerzas por mantener parte de tu ascendente espíritu aferrado por un hilo al mundo físico. -¿Y cómo hablar de esto sin parecer altanero? ¿Cómo expresarlo sin que se cuestione inmediatamente la humildad en mis palabras?-. Ves, entonces, como todos viven inconscientemente la mentira, y aunque tú también eres partícipe parcial de aquello no lo eres al punto de ser un prisionero. La realidad no te posee, tú posees a la realidad circundante, sacándole el provecho que necesitas -y también ayudando al que lo requiera, claro-. Aunque, por mucho que intentes despertar al resto, se hace absurdo: Hoy en día prácticamente nadie habla ni quiere hablar sobre estas cosas, y la mayor parte de los pocos que sí, lo hacen bajo la influencia de sustancias psicotrópicas o psicodélicas. Eso último no es malo, pero no puedo esperar a que todos se dopen para poder al fin sentir que encontré a mi gente.

La realidad creada por la mismísima humanidad se ha convertido en su propia adicción. Una mentira adictiva. La riqueza del espíritu ya no importa, porque hay miles de avances tecnológicos que nos distraen, se acerca además la nueva era de realidad virtual, y la televisión y unas cuantas series en Internet son demasiado divertidas como para desperdiciar siquiera una pequeña fracción de tiempo meditando, reflexionando, buscando el equilibrio, la conexión con la naturaleza, la armonía y el amor. Debemos vivir diariamente platicando con nuestros más cercanos aquellos asuntos fútiles que otros se inventan para que nos “adueñemos” de ello y nos comportemos a sus expensas, y funciona, porque es raro hablar de algo que no sea mundano. Hay que ver el reality, hablar de los últimos gritos de la moda, de la muy relevante vida de las Kardashians, de los lloriqueos de Messi y de la señora que luego de perder su bus salió hasta en las noticias. Ya no importa pensar, ya no hay que hacerse las preguntas fundamentales, ya no hay que buscar sabiduría, ¡eso es para los genios!, ¡eso es para los nerds!, y nisiquiera imaginar un sujeto que se dedique tanto a las ciencias formales como a las sociales, ¡debe ser todo un renacentista italiano del siglo XV, tal vez!

Y así es como luce la vida espiritual en contraposición a la vida mundana. Déjalos disfrutar de sus teléfonos móviles, de sus nuevas y caras prendas que tanto aprecian, de toda clase de nuevas adquisiciones, de sus fiestas llenas de alcohol en las que la diferencia entre diversión y embriaguez casi no existe. Y no te atrevas a hablar de eso que llevas dentro, y menos aún siquiera pienses en la desfachatez de decir que eso vale más que todo lo anterior, de cuestionarlos, porque ellos están bien y tú estás loco. Obsérvalos con sus inquietantes sonrisas de oreja a oreja, con las manos llenas de bolsas de compras realizando interesantes, apasionantes y enriquecedoras travesías por el centro comercial, alimentando un absurdo vicio de felicidad artificial, satisfaciendo supuestas necesidades que no son más que vacuos caprichos construídos para absorber de manera constante la verdadera gracia humana. Pero ellos son normales, son gente de esfuerzo, han luchado demasiado por conseguir dinero, por conseguirlo todo y cumplir esos importantísimos anhelos materiales. ¿Y tú? A ti nisiquiera te alcanza para ser considerado anormal: eres un completo imbécil. Un imbécil que para remate es soberbio y se cree un sabio, y no es más que un engendro. Un tipo loco, ¡es que cómo te atreves a cuestionar esta realidad tan evidente!

Cuanto me decepciona la humanidad. Cuanto ha envenenado nuestras almas algo tan insignificante como lo material. La verdadera riqueza está entre las montañas, en la fuerza del océano, en la enérgica manifestación de las tormentas y en el agua pura de las cascadas. Pero no, la gente sólo busca el celular más caro, la ropa más lujosa, la computadora más moderna, la mayor cantidad de dinero posible, las trivialidades en la cultura huachaca que transmite la televisión, esa misma que les enseña a emborracharse cada viernes para sumirlos en una ilusión. Y quien se desapegue a eso es, simplemente, un raro.

Por eso es que también a veces temo a los desconocidos. Generalmente, cuando conozco a alguien, la timidez y la introversión me ahogan. Pero si se establece una leve conexión espiritual, entonces aquellos que en un principio vieron a un chico casi imperturbable y demasiado quieto, se sorprenden ante la realidad de un sujeto que vive intensamente y que es tranquilo, contemplativo y también explosivo, como si se tratase, efectivamente, de un verdadero espíritu que rebosa enérgico desde el cuerpo físico que posee, casi escapándose de él y como si no pudiera irradiar la totalidad de su luz. Un espíritu que me he dedicado a analizar, buscando rasgos destacables y rasgos rechazables. Entre los destacables, un profundo cariño hacia el prójimo, una suerte de empatía que busca adaptarse a los códigos convencionales sin caer por ello en el cinismo, en la la hipocresía, y mucho menos en la auto-negación. Por eso siento que me cuesta conectar. Quien no conecta conmigo en la música -música de cierto tipo, claro-, rara vez conecta, porque es el tema más “acercado a lo mundano” por el que puedo admitir pasión y uno de los pocos que al mismo tiempo, dentro de esa conexión a lo mundano, se constituye en cada una de sus partes como un asunto de profundo significado espiritual. Quien no se apasiona con la naturaleza, rarísima vez conecta con mi interior. Ver en compañía el amanecer es como nacer de nuevo y reiniciar los latidos para que se restablezcan en sincronía. Ver un segundo del alba, de un sol que se erige imponente sobre la grandiosa cordillera, equivale a observar infinitas veces la obra cinematográfica maestra que jamás se haya hecho. Quien no ve el baile como experiencia creativa y canalizadora, relegándolo a la absurda concepción que la mayor parte de la gente tiene (repetición de patrones -movimientos- pre-establecidos, como todo en sus vidas), muy rara vez habrá de colisionar con todas estas visiones.

Varias de mis visiones coinciden con filosofías y religiones orientales como el taoísmo, el budismo y su respectivo sincretismo, además de ciertas ideologías precolombinas. Sin embargo, no me he sumergido mucho en aquello, de hecho, es poco lo que realmente conozco acerca de las mencionadas corrientes. Tal vez considerarme parte de ellos me ayudaría en la búsqueda de más personas con las mismas convencidas creencias y certezas, no obstante, yo no establecí este tipo de vida espiritual a costa de imposiciones culturales, ni por mera imitación. Fue un hecho casi inexplicable, inspirado muy seguramente en el amor que mi abuela materna hubo de precipitar sobre mí a lo largo de toda mi niñez, y su trato justo y sereno con mi persona. Quién sabe además, tal vez tenga cierta conexión con mis antepasados indígenas, pero ni saber algo de ellos.

Con el tiempo, me fui percatando de ciertas similitudes entre lo que creía y lo que ya estaba escrito. Eso tuvo su lado positivo y su lado negativo. Positivo porque me permitió, en cierto modo, tener una esperanza menos remota de que algún día podría colisionar con otro “espíritu en ascenso”. Negativo porque me sentí como un artista cayendo en la cuenta de que su obra ya había sido replicada en innumerables ocasiones, inclusive antes de que la hubiera creado. A pesar de aquello, rechazo totalmente el pensamiento de aquellos que afirman “todos somos genios en nuestro pequeño mundo de ignorancia”. En primer lugar, porque nos propone que cada una de nuestras ocurrencias deben ser relegadas a la más ingrata insignificancia y al más violento juicio, dado que muy probablemente no sean nada nuevo. Tan sólo pensarlo suena insoportable. Reprimir la creatividad de cada alma por la mera probabilidad de que lo que piensa, crea o propone ya se haya hecho antes. En segundo lugar, y extrapolándolo a asuntos más relacionados al crecimiento intelectual de cada persona y mi propia visión sobre aquello, considero que, a pesar de la importancia de educarse –que en su primera acepción según la RAE es sinónimo de adoctrinarse, es decir, inculcarse determinadas creencias o ideas de otros-, ilustrarse a la par de tus propios razonamientos -para que no solo leas o escuches, sino que también pienses nuevas cosas, independientemente de si más tarde te percatas de que alguien ya lo pensó y lo comprobó- puede ser incluso más valorable que ilustrarse artificialmente, almacenando en la memoria lo que ya se ha establecido:

No es lo mismo un sabio creado que un sabio innato. El sabio creado muy bien pudo haber vivido gran parte de su existencia como un idiota -sin faltar el respeto a los idiotas-, hasta que abrió un libro y comenzó a nutrirse de sabiduría. Eso no está mal, pero estoy convencido -y de hecho, es así- de que a lo largo de la historia han surgido innumerables genios innatos que, sin la necesidad de leer los libros de otros sabios/científicos, ya tenían ideas intelectualmente brillantes. Hoy en día andan por ahí muchísimos sujetos que se leyeron un par de libros de filosofía, política y ciencias formales, y ya se auto-consideran genios, con el ingrato derecho de atacar a quienes van descubriendo el mundo por sus propios medios y parecieran ser menos cultos. En lo personal, muchísimas veces me ha pasado que se me han ocurrido ideas brillantes que muchos otros ya habían demostrado y comprobado. Eso no me hace menos inteligente que el que ya sabía del asunto por el mero hecho de que leyó/escuchó lo que esos otros habían mostrado y comprobado. Sé que a muchos nos sucede, y es por eso que construyo mi filosofía acorde a mis propios razonamientos, limitando levemente la entrada de otras corrientes ideológicas a mis procesos mentales (y permitiéndome reconocer la creatividad intrínseca en ella). Así como estas corrientes podrían servirme de mucha ayuda, también cabe la posibilidad de que se comporten más como un parásito que como un aporte, infectando todo el potencial creativo que poseo, influyendo en él y estandarizándolo. Y ahí realmente aquello que pudo haber terminado en algo nuevo se transforma en algo que obedece a lo convencional, manteniéndonos en el mismo punto de siempre. Lo que no quiere decir que rechaze el conocimiento, que de por sí es muy importante.

Retomando el sentido de los párrafos cuatro y cinco, creo que la vida social relativa a lo mundano es rara vez o difícilmente compatible con la vida espiritual. Como dije antes, eres visto por la gran mayoría como un raro, y también, aunque por suerte no lo he experimentado, te puedes llegar a convertir en un seguro objeto de burlas. Quienes viven en la burbuja se ríen del exterior porque las paredes de ella nublan la vista, impidiendo que el verdadero panorama sea observado. No comprenden que, como seres pensantes, podemos gozar con mayor ímpetu una realidad aún más extensa que la que nos impone esta sociedad, y de hecho, una más abarcante que aquella que solo nuestros sentidos son capaces de captar. Como dije en otra nota, nuestra percepción es la invención de nuestro cerebro regida por estímulos que quizá nunca podremos comprender a cabalidad: podemos medirlos, dejar un registro de ellos, sentirlos, pero estamos lejos de conocer la verdadera realidad o todo el espectro de realidades. Si nuestras percepciones en cuanto al exterior son interpretaciones inventadas por nuestro organismo, entonces las realidades son infinitas, por el mero hecho de que podrían constituirse de diversas maneras a partir de quién o qué las percibe, y de qué manera las percibe. La vida espiritual, entonces, así como recalca la importancia y la belleza de las percepciones terrenales, las unifica junto a lo que se escapa de nuestros sentidos, constituyendo una realidad diferente a lo que es visto, escuchado, tocado, olido o saboreado. Ahí donde no existe nada de aquello pero al mismo tiempo existe todo, como una realidad eterna, como si en un segundo se sintiera en tu propio ser la inmensidad de todo el cosmos. Asimismo, es capaz de tolerar la vida mundana y sacar provecho de ella, pero encuentra un punto crítico cuando llega la hora de relacionarse con personas demasiado sumidas en su burbuja, en su falsa realidad.

Como persona espiritual -o en búsqueda de la perfecta espiritualidad- que me defino, se me torna muchas veces abrumadora la vinculación con personas demasiado convencidas de la vida que se les impone llevar. Tal vez ellos se abruman con mi visión de la existencia, y muchos usan el aburrido argumento de que “todos vemos la vida de una manera distinta”. Ante eso yo pienso que este asunto no se trata de disminuir el término a lo que es linguísticamente, sino que de extrapolarlo a todas las dimensiones de la existencia, y de reconocer que por nuestra propia naturaleza deberíamos buscar siempre el punto de vista más amplio, aquel que abra más nuestros ojos y nos conecte con la eternidad del cosmos. Ese punto de vista más amplio me ayudó a romper prejuicios, reconocer las injusticias del sistema que nos gobierna, ser crítico de la vida que nos han creado, buscar la armonía con el cosmos y a seguir en el camino hacia la perfección del espíritu.

Todo lo que sostengo podría a muchos parecerles algo abstracto, pero lo que expreso es más que práctico: para percatarse de la mentira en que muchos viven, tan solo basta con fijarnos en la cotidianidad. Hemos construído una sociedad en donde los humanos luchamos condenados día a día por obtener un trozo de alimento; en donde tenemos que pasar días enteros frente a documentos, de los cuales muchos son una simple representación de las triviales formalidades del ser humano (desperdicio de papel); en donde tenemos que nadar en las aguas de la mismísima injusticia, porque aquellos con más dinero y por ende, con mayor poder, gozan de otros beneficios y tienen injerencias en la toma de decisiones que nos afectan a todos; en donde las grandes pantallas nos muestran el mundo natural que hay ahí afuera mientras solo unos pocos gozan de la verdadera conexión con la naturaleza (y muchos de ellos ni siquiera la entienden); en donde nos hacen creer que podemos surgir, pero en realidad esa posibilidad sigue acotándose a unos pocos; en donde hay personas, allá afuera, que no pueden salir del agujero sin fondo en el que se encuentran porque esta sociedad no se los permite, y porque juran de rodillas que el “Dios” cristiano que les han inculcado desde su crianza hará un milagro por ellas; en donde las peleas, las discusiones y las ideologías impuestas con autoridad valen más que el intelecto humano; en donde los gustos de cada quien están sujetos a un duro juicio religioso-moralista; en donde la curiosidad humana es reprimida por la supuesta existencia de un “Dios” que no permite su propio cuestionamiento (siendo que cualquier creador, pienso yo, estaría orgulloso de ver que sus criaturas son capaces de cuestionarse hasta lo más esencial); en donde los aspectos perjudiciales de la cultura que a muchos les inculcan desde pequeños se transforman en focos de odio y destrucción hacia lo que es diferente; en donde la vida es nacer, crecer, estudiar, trabajar, y morir; en donde tenemos que vivir la verdadera coerción que el sistema económico-político inflinge sobre nosotros; en donde la ambición, el afán de poder y riquezas de unos pocos construyen la miseria de muchos… ¡Hay gente convencida de que esta es la única realidad posible y que otra forma de vida es una simple utopía!, y en gran parte me refiero a ellos cuando rechazo la vida mundana, y cuando aseguro, convencido, de que una vida más espiritual cambiaría el curso de todo esto, estableciendo una verdadera revolución espiritual e intelectual que sacaría a las personas de la burbuja, abriría sus ojos, permitiéndoles ver que la vida va más allá de todo eso.

Otro aspecto muy preponderante en nuestra sociedad que aquel que experimenta una vida relativo a lo espiritual observa como algo lejano e insignificante, es el nacionalismo y los fanatismos en general. Es cosa de pensar en lo absurdo que resulta acotar nuestras inmensidades a los límites de las naciones que “conformamos”. Nadie nos preguntó si queríamos ser parte de este país, y desde ahí empieza lo patético del nacionalismo, puesto que no es virtud nuestra surgir en un país determinado,  y menos aún cuando se trata de uno por el que hay muy poco de qué enorgullecerse. Los fanatismos, por su parte, corrompen definitivamente nuestro propio ser cuando se roban nuestra identidad. En el mundo terrenal somos personas individuales, cada una con sus grandes virtudes (y defectos), y tal vez con mucho que mostrar. En ese sentido, hacer que fanatismos de cualquier tipo rapten lo que somos para entonces casi fusionarnos con el objeto de fanatismo, es negar nuestra propia gracia, el valor de nuestras vidas. No está mal apreciar, por ejemplo, determinado(s) artista(s), verse cautivado por cierto tipo de música o formar parte de cierto colectivo con intereses en común. Lo nefasto es entregarse a ellos como si fueran la razón de existir, limitando nuestro espectro de realidades a lo que únicamente se les relacione. Una vida espiritual reniega completamente todo aquello, y propone lo equilibrado en su lugar.

La paz espiritual es muy notoria en aquellos que se muestran neutrales ante asuntos polémicos que son irrelevantes. No es lo mismo luchar por una injusticia que pelear por una discusión tonta. Cuando nuestros intereses o ideales chocan con los de otro, el espíritu intenta -tomando en cuenta la inmensidad del universo y lo acotado e insignificante que resulta en ese contexto una discusión trivial- mantener la templanza y la tranquilidad. Aquel que lleva una vida espiritual es capaz de abstraerse frente a aquellos que llegan a los extremos de ira o a la rivalización de las relaciones interpersonales por meras estupideces. Aquel que lleva una vida espiritual utiliza su estado de ascensión para desligarse de todo ello.

La visión espiritual de la vida también rechaza todo el odio y la discriminación hacia las diferentes orientaciones sexuales e identidades de género, por supuesto, y a todo lo que englobe el concepto de discriminación en el contexto de la diversidad en las personas. Acá es donde, personalmente, se genera una verdadera batalla ideológica en contra de la cultura que nos rodea. Tenemos miles de personas que solo creen que la posesión de determinado órgano de reproducción constituye una ley en cuanto a cómo tiene que ser nuestro comportamiento y en cuanto a qué tipo de gustos debemos tener. La unión de los espíritus y las cualidades que los unen, así como sus cualidades propias, no pueden, por motivo alguno, limitarse a los roles sociales y/o estándares que el sistema impone en el mundo físico. En nuestra dimensión el cuerpo es un medio, una forma de presentarse, el primer vehículo concreto de unión espiritual -por eso es que también valoro, igualmente, la importancia del mundo terrenal-. El moralismo, la religiosidad y todo paradigma social que sea violento hacia la diversidad se erigen como un verdadero muro que impide la unión sincera entre espíritus, acotando sus posibilidades de elección y condicionando forzosamente sus deseos a un determinado espectro, que es impuesto por las ideologías religiosas. La atracción entre personas y sus cualidades no deberían limitarse a eso porque somos seres pensantes, conscientes del espíritu, y como tales no obedecemos a simples instintos; asimismo, tenemos la posibilidad de cuestionarnos lo que se nos impone.

Los religiosos, por su parte, quienes muchas veces alardean el hecho de llevar una supuesta espiritualidad en sus vidas, no se dan cuenta del error tan colosal en el que caen: Acotan su visión a un limitado panorama que les entregan supuestos textos sagrados, los interpretan con la influencia de ideologías políticas, económicas y moralistas, y terminan por transformarse en monstruos sin empatía y en perezosos de intelecto. Estoy convencido, como insinué en un paréntesis anteriormente, de que la fuerza regidora del universo (o el universo en sí mismo) valora -sea consciente o no de sí misma- el hecho de que sus propias creaciones tengan la capacidad de cuestionarse todo, incluso su existencia: de ahí la importancia de la filosofía y las ciencias.

Como podemos observar, los tópicos relacionados a vida espiritual pueden extrapolarse a todos los ámbitos de nuestra vida. Tal vez mi visión de espiritualidad siga siendo aun inmadura, tomando en cuenta que se comporta de una manera demasiado crítica, ¿pero quién dice que la crítica no se lleva con la paz espiritual? Con la paz podemos cuestionarnos las cosas desde una perspectiva incluso más amplia. Tal vez la paz y la vida espiritual son los siguientes pasos en la escala evolutiva de nuestro cosmos.

Continuará.

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