El problema del criterio y el criterio mayor

¿Vale la pena hoy en día ‘arruinarse’ la existencia criticando al resto? La verdad es que toda crítica puede ser diferente por el mero hecho de que cada uno, independientemente de cualquier factor externo, tiene sus propios principios que respecto a los del resto pueden ser leve o radicalmente diferentes. De ahí que tal vez todas, absolutamente todas nuestras acciones -exceptuando aquellas relacionadas exclusivamente con asuntos vitales- sean cuestionables. Entonces, todo depende del criterio bajo el cual se esté analizando.

Pero, ¿existe un criterio más amplio que el del resto? Dicho de otra manera, ¿existe un criterio mayor? Entendamos criterio como una serie de consideraciones y juicios que tomamos en cuenta para determinar si algo es lo mejor o no, si está bien o mal (aquí podríamos hablar de criterio ético), si se debería mejorar o si se debería eliminar, etc. En fin, aquello que nos da la facultad de evaluar un determinado campo para tomar decisiones o afirmar algo de manera acertada, ateniéndonos un poco a su significado según la RAE, “norma para conocer la verdad”.

El criterio mayor, para introducirnos en la discusión, sería aquel criterio absolutamente libre de cualquier influencia irracional -llámese así a todo aquello relacionado a creencias de fe, ideologías religiosas y falacias- y perfecto que nos permitiese reconocer lo que es políticamente y supremamente más correcto.

La verdad es que no se ha determinado y tal vez nunca se determinará un conjunto de criterios que nos permitan de alguna u otra manera ser dueños del punto de vista más amplio y correcto posible -tener un juicio perfecto y universalmente justo-. El criterio se hace más amplio a medida de que nuestros conocimientos se ven incrementados, y de acuerdo a esto, sería imposible hacernos dueños de un criterio superior puesto que estamos muy lejos de saberlo todo y tener total claridad en cuanto a lo que sabemos. Así es que entonces los seres humanos utilizamos los criterios que suponemos están bien.

Respecto a las leyes, por ejemplo, puede decirse que estas establecen ciertos criterios para determinados ámbitos de nuestras vidas, pero bien podemos reconocer que están bastante lejos de ser perfectas e inmejorables. De hecho, no requiere de mucho tiempo para que varias de ellas se vuelvan obsoletas y/o inaplicables, y basta tan solo que la sociedad se haga más culta y consciente respecto a los asuntos que regulan para que las personas sean capaces de cuestionarlas y sugerir mejorías (se amplía el conocimiento, se amplía el criterio). En cuanto al criterio mayor -o criterio perfecto- se refiere, las leyes están completamente lejos de serlo, por el mismísimo hecho de que son construcciones que obedecen a lo que un grupo de personas -en determinado momento y conforme a sus propios criterios- consideró más acertado y/o conveniente. Incluso podría ser que la Declaración Universal de los Derechos Humanos esté lejos de contar con el criterio perfectamente más amplio, sin embargo a muchos nos parece están bastante bien y toman en cuenta aquello -conforme a lo que creemos ahora- es indispensable y justo para todo ser humano.

Así, sucede entonces que los seres humanos que nos consideramos “criteriosos” simplemente actuamos a partir de aquellos criterios que nos parecen más correctos, pero eso está estrictamente ligado a nuestra opinión y perspectiva actuales. Bajo esa premisa puede decirse que el criterio, en vez de conformarse como una cuestión concreta y firme, se erige como un asunto más bien algo abstracto y cuestionable. Y no sé si esto sea grave o si realmente importe, pero puede, de todas maneras, interpretarse como un problema si tomamos nuevamente en cuenta que nuestros criterios, en toda situación, nos permiten indicar o realizar lo más políticamente correcto. En otras palabras, son definitivamente cruciales para responder preguntas como “¿Qué es lo más acertado en esta situación?”, “¿Qué debería hacer yo o qué debería hacer tal persona?”.

Volviendo al ejemplo de las leyes, podemos referirnos al hecho de que a los seres humanos nos imponen, desde que somos parte de determinada nación, ciertos criterios bajo los cuales nos debemos regir, y a pesar de que bajo nuestros propios criterios las cosas sean diferentes, no podemos infligirles puesto que de otra manera se nos priva de nuestra libertad (y está contenido en estas leyes y sus conjuntos de criterios la manera en que se nos sanciona). Pero, fuera de este asunto y abocándonos más a lo cotidiano, día a día nos enfrentamos, con bastante libertad, a un sinfín de situaciones que requieren el uso de ciertos criterios propios o colectivos, y mientras estos no se contradigan con la ley, podemos decir entonces que tenemos “libertad de criterio”.

Si somos sabios y en ese verdadero libre albedrío de criterio decidimos optar por aquellos más amplios, entonces caemos nuevamente en el mismo problema: ¿Cuál es el criterio más amplio? ¿Bajo qué criterios debo regirme para realizar aquello políticamente más correcto?

¿Es acaso el “criterio mayor” o “criterio perfecto” aquello que la mayor parte de los seres humanos consideramos perfecto? Dicho de otra manera, ¿podría el criterio magno establecerse en convenciones, transformándose entonces en un acuerdo? ¿o es el criterio mayor aquel que imponen los textos sagrados? ¿Aquel que impone nuestro gobierno?…¿Sería posible establecer un acuerdo de criterio magno universalmente justo y aplicable en cualquier ámbito?

La verdad es que, independientemente de que los criterios que hemos utilizado en una o deliberadas situaciones nos hayan llevado a buen puerto, incluso así no pueden ser considerados criterios magnos, porque es imposible saber si funcionarán en todas las situaciones y si serán igual de justos para toda persona. Entonces volvemos a caer en el hecho de que los criterios “más correctos” a considerar dependen directamente de la situación, el momento, vale decir, la perspectiva.

¿Cómo vamos entonces a asegurar que lo que hacemos es lo más correcto ni siquiera teniendo claro el hecho de si los criterios utilizados para llegar a una u otra cosa son los más adecuados? ¿Cómo podemos ser capaces de mostrar tanta seguridad en lo que decimos si hasta nuestras más firmes convicciones están sustentadas en esos criterios? Creo que la única seguridad que tenemos respecto al problema del criterio es que los criterios que utilizamos deberían, como mínimo, garantizar que estos se constituyen a partir de razonamientos cuyas intenciones sean en pro del beneficio y la no maleficencia tanto en el ámbito propio como en el colectivo.

Los criterios deben entonces, si se quiere obtener como fruto aquellas determinaciones políticamente más correctas y beneficiosas, procurar considerar aquello que -en teoría- conllevaría un progreso para nuestra especie y no un perjuicio. Pero construir criterios a partir de lo que supuestamente es mejor también es sumamente difícil, dado que para determinar qué es lo más beneficioso a considerar también se requiere del uso inconsciente de criterios.

¿Cómo construimos los criterios más amplios, entonces? Tal vez aquello sea otra de las preguntas fundamentales, o tal vez los criterios nunca deban constituirse como algo declarado o fijo, y así entonces tengamos siempre que regirlos de acuerdo a lo que creemos o confiamos es mejor, puesto que deben atenerse a los contextos. Pero afirmar que dependen del contexto es también afirmar que una serie de determinaciones en cuanto a lo que merece una persona, por ejemplo, deben depender del contexto. Afirmar un libre albedrío con respecto a los criterios, también puede prestarse para que sujetos malintencionados abusen de aquella libertad. Por suerte, nos hemos establecido en ciertos ámbitos, como el de los derechos humanos, que existen ciertas cosas inherentes a las personas y que deben cumplirse sin importar el contexto. Hemos establecido, también, cortes internacionales que procuran, supuestamente, establecer lo que es más justo a nivel universal. En lo cotidiano, del mismo modo, hemos sido capaces de establecer acuerdos colectivos tanto conscientes como inconscientes y de generar debates inclusivos referidos a lo que es más justo, apropiado o acertado, o visto de otra forma: somos (y debemos ser) capaces de permitir el cuestionamiento de nuestros propios criterios y modificarlos cuando sea en pro de una mejoría.

Todo esto ha sido posible gracias al mayor acceso al conocimiento y a la verdad, al rompimiento de prejuicios, a la ampliación de nuestros puntos de vista. Sólo queda esperar que las futuras generaciones sean capaces de seguir en este camino prometedor con el que cualquier ilustrado del Siglo de las Luces hubiera soñado. Probablemente así algún día alcancemos un punto en el que no tengamos duda respecto a los criterios, y podamos entonces considerar lo que es definitivamente mejor. De momento, todo nuestro convencimiento respecto a que algo está perfectamente bien, toda seguridad relacionada a nuestras propias afirmaciones, tal vez no sean más que una vacua ilusión generada por nuestros inconclusos e imperfectos criterios.

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