El dios de los necios: Dios como la respuesta más perezosa intelectualmente

Hoy en día mucho se habla de la dudosa reputación que tiene la Iglesia Católica y otras órdenes religiosas, así como de los alarmantes -alarmantes para los fieles, claro- aumentos en las cifras de ateísmo a nivel mundial. Cientos de iglesias cierran y se convierten en bibliotecas, hoteles o departamentos de lujo en países como Canadá u Holanda. En tanto, Latinoamérica pierde cada vez más la confianza que algún día tuvo en la Iglesia ante los constantes abusos que han sido sacados a la luz de parte de sacerdotes a menores de edad.

La filosofía y las ciencias -aunque la primera han intentado de declararla muerta, sin mucho éxito- han sido capaces de responder a grandes preguntas, haciendo totalmente innecesario el trillado cuento de referir una entidad superior como responsable de todo lo existente. No obstante, hay dudas que persisten e incluso se intensifican con el pasar de los años. La pregunta eterna, entre todas, es tal vez la que más cosquillas nos hace en la mente cuando nos detenemos a reflexionar. Los religiosos y muchos creyentes no practicantes se refugian en Dios como la respuesta final y más razonable ante la búsqueda de algo que haya causado la existencia de esta realidad, sin embargo recurren a insistentes argumentos falaces y sentimentalismos para sustentar sus tesis.

“Nuestro mundo es demasiado complejo, nuestra biología demasiado maravillosa como para que hubiera surgido de la nada”. “Nuestro planeta está justo en donde tendría que haber estado para permitir la vida, ¿puede ocurrir eso por una mera casualidad?”. “Toda creación requiere de un creador, más aún si esta misma evidencia semejante perfección como la de nuestro universo”.

Frases como aquellas son las que utilizan los creyentes para sustentar todas sus conjeturas y vivir tranquilos el día a día, pretendiendo que Dios es la respuesta a todo, pero no son más que auto engaños y lo sabemos muy bien: no porque no puedan probarlo -la ciencia tampoco puede probar que Dios no existe, pero esta se basa en hechos comprobables y no en supuestos: hasta ahora Dios, en el supuesto, no se ha manifestado de manera que sea un tema serio para la ciencia-, sino porque se basan en un paradigma ya instalado hace milenios (atribuir las cosas a un ser superior de manera que este se entienda como la causa de todo, liberándose así de las apasionantes preguntas filosóficas) y atascan la curiosidad intrínseca del ser humano, situación que pude experimentar personalmente dado que mi niñez ocurrió en un contexto sumamente religioso.

Cuando a un creyente se le pregunta cuál cree que es la causa de la existencia de su supuesto Dios o qué había antes de él, no es capaz de responder o acude a argumentos que más que eso parecen falacias argumentativas: (1) Dios no permitiría que lo supiésemos, no somos capaces de comprenderlo o (2) Dios siempre estuvo, dada su omnipresencia y omnipotencia. Ante eso, muchos simplemente nos rendimos y nos ponemos la mano en la frente, esperando encontrar gente más interesante con la que platicar, o les dejamos una pregunta cualquiera -ya que si tienen la pregunta más grande resuelta, ¿no sería bueno entretenerles con otra?-: ¿Puede Dios, un ser omnipotente, crear una piedra tan pesada que incluso él no pueda levantarla? (Esa es la paradoja de la omnipotencia, y puede tomar diversas formas: ¿Qué pasaría si una fuerza irresistible actuara sobre un objeto inamovible?)

Cuando a la filosofía se le pregunta qué habría originado algo desde la nada, entonces comienza lo interesante y nuestra mente se dispara intentando resolver la pregunta. Tal vez si pudiésemos tener un pedacito de nada y transformarlo en algo podríamos responder la pregunta por medio de la ciencia, pero en el universo entero debe ser imposible obtener un trozo de nada -dado que todo el universo es algo-.

Más allá de todo el caos que puede generar la pregunta eterna y las respuestas aburridas e insoportables que entregan los creyentes para resolverla, se halla algo más insoportable aún: la terquedad de los religiosos por pretender que su famosa y trillada respuesta debe ser considerada como la única, la más grande y aquella que todos deben adoptar. Ahí comienza el fanatismo religioso y la imposición de una obra literaria muy interesante (la Biblia, en el caso del cristianismo) como única verdad; regidora de nuestros criterios, valores, facultades, derechos y deberes; y condicionante de nuestras libertades. Y todo se gesta, en primer lugar, con la pereza intelectual de auto engañarse y no querer ver más allá de lo que otros ya han dicho por centurias.

A pesar de lo repudiable que puede llegar a ser todo esto (sin pretender menoscabar la libertad de culto), el fenómeno social de la creencia en Dios como respuesta a todo lo existente es bastante interesante y, aunque muchas personas sabias (científicos, filósofos, etc.) han declarado ser creyentes o practicar alguna religión, resulta insólito observar que el propio ser humano sea capaz de rendirse y dejar de pensar con objeto de apaciguar su curiosidad a partir de una respuesta irracional y limitante.

Impactante es considerar que creyentes y/o religiosos no solo responden sus preguntas con un supuesto ilógico, sino que también pretenden que todo el mundo (1) está condenado a recibir los castigos que ameritan, según sus credos, la abstención a adoptar estos supuestos como verdades incuestionables; (2) debe llevar su vida de acuerdo a ello, teniendo entonces que condicionar incluso las leyes de cada país de manera que los supuestos sean respetados; (3) tiene que limitar sus libertades de acuerdo a lo que un ser imaginario sostiene, aún cuando existan cientos de miles de otros credos que igualmente sustentan sus “argumentos” en supuestos y falacias argumentativas similares.

De ahí que los religiosos deberían hacerse a un lado sin por ello limitar sus libertades. Se trata de abrir un poco más los ojos y reconocer que, como supuestos irracionales, sus creencias no deben condicionar a la sociedad, y mucho menos entrometerse en la ética, en la moral y en las leyes pretendiendo manipularlas, porque si eso último ocurre, entonces la religión se transforma en un parásito mequetrefe que guía a la humanidad hacia donde le apetece y no hacia donde se hallan la verdad y la justicia: bien sabemos y tenemos conocimiento de que el poderío económico de la Iglesia se sustenta en la ignorancia y en la existencia de millones que creen en sus palabras. No por eso debemos negar el rol que ha jugado la Iglesia cuando se ha tratado de donaciones o de sus pocas discusiones morales que sí han sido fructíferas, pero si fuera por ello sólo estaríamos disfrazando a una lastimosa “solidaridad” y a unos patéticos valores humanos: sustentados en el miedo e impulsados por la necesidad de ahorrarse el infierno, en vez de surgir por bondad espontánea.

Ante sujetos que son tan intelectualmente perezosos como para conformarse con el supuesto de Dios como precursor de todo lo existente, deberíamos sencillamente optar por lo sano e ignorarlos en la medida que sea posible; luchar para que opiniones basadas en lo irracional no influyan en el desarrollo de nuestra sociedad, menos aún en la configuración de nuestros propios puntos de vista, perspectivas y visiones de mundo; y procurar -y esto lo digo muy categóricamente- que la vergonzosa realidad de quienes pretenden que solo un ser imaginario comprende lo supuestamente inexplicable y que, a raíz de ello consideran contar con una autoridad superior, no siga infectándose hacia las nuevas generaciones.

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