20 años

Cuando tomé conciencia de que cumpliría 20 años, pensé en escribir algo sumamente inspirador. Días antes podía entrever la sensación de que la simple llegada de aquel día me habría de catapultar para al fin escribir todo lo que no había escrito en tanto tiempo. Pero cuando llegó el día, fue cuando me di cuenta de algo que no escribí sino hasta una semana después.

Todo lo que hay dentro de mí, aquí, ahora, en este momento, es un sentimiento de indecisión y de una rara y equívoca pérdida de la inspiración, que se sume en la oscuridad más opaca y que pareciera a veces, quizás, esfumarse sin más.

Ciertas almas modelaron, tal vez, y en el pasado, el empuje a esa fuerza inconstante pero inacabable de emociones indescriptibles que intentaban derramarse sobre el papel. También ciertas circunstancias. También la soledad, artífice de las más profundas travesías espirituales, y muchas veces, parte imprescindible de la mismísima conexión con el ser.

Ya no sé por qué el mundo ahora me parece más caótico y escandaloso, más violento y menos sensato. ¿Qué es lo que ha cambiado? Podría apostar por –y tal vez teorizar que– ha sido mi propia percepción del mundo la que ha cambiado. Pero es raro, es extraño, es como si de repente mirase en retrospectiva y sintiese que aquellos momentos en que creí haber estado ahogado en una leve depresión, no hayan sido sino parte de los momentos más intensos y maravillosos de mi vida; y que ahora cuando aquel ahogo ya ha abandonado mi espíritu, sea cuando realmente algún desafortunio me haya atrapado.

¿Será que a mi ser le gusta creer que está mal en épocas doradas para sacarle más provecho creativo? Cuando más se sufre es tal vez cuando más se crea. Pero cuando no se siente nada mal ni nada bien, entonces la musa –que en mi caso la he llamado con mucho cariño como ‘Delilah’– pareciese esfumarse, fundirse vehemente con la brillante y cegadora luz y la acalladora oscuridad, que actúan juntas sobre el alma y la tensionan hasta un punto de incertidumbre sin nombre alguno.

El mundo es más cálido, pero más caótico. El invierno inspirador junto a sus nubes que cautivan es cada vez más corto y cada año más incierto.

¿Dónde hallar entonces la subjetividad apasionante que invita a un viaje cósmico si el mundo es cada vez más monótono? El frío en cambio es de matices. Cada vez que surge, trae consigo historias diferentes y nunca impacta de la misma forma. La lluvia trae vida y los relámpagos llenan el firmamento de energía vigorosa. La nieve que cubre la montaña la deja lucir más bella, como si fueran el perfecto complemento la una de la otra, y mientras menos tiempo puedo dedicar a contemplarlas, pareciera que cuesta más que salgan las palabras, como si aquel blanco y aquel verde grisáceo imponentes a otro mundo me llevaran.

El viento corre fresco y aunque sin nieve, la montaña luce imponente. El verde me rodea queriendo poseerme. Mis oídos ignoran los ruidos de la ciudad queriendo tal vez llevarme a otra atmósfera en donde todo se oye como aquel día en que podía surcar el mundo entero en una sola vista…

Veinte años… Veinte años… Podría decir que el tiempo poco me importa. Lo que me importa es cómo lo aprovechamos y cómo nos resistimos, día a día, a que nos gane la batalla. La importancia de cumplir un año o veinte es directamente proporcional al poder que le entregamos a ideas subjetivas que han surgido en nuestra propia mente a partir de lo que nos dicen los demás.

Aunque varias cosas concluyen un propio ciclo al cumplirse un ciclo de tiempo ‘creado’ por el ser humano –la rotación o la traslación completa de la Tierra que ocurren casi en 24 horas y 365 días respectivamente, o los 9.192.631.770 ciclos de radiación del cesio que sirven como guía para el segundero de los relojes atómicos–, el modo en que entendemos el tiempo no es más que eso: nuestra forma de entenderlo… Y puede que, a la larga, no tenga mucho sentido.  Por eso es que cumplir un año se me hace tan interesante como irrelevante.

Pero a pesar de aquello, y sin desear contradecirme apenas unas líneas después de empezar, siento que esta vez es algo diferente. Dos décadas no son algo menor. Menos aun cuando sientes que has hecho cientos de cosas y que te quedan miles aun por hacer. O cuando te das cuenta de que, en el supuesto de que vivieses 80 años, ahora solo tienes el chance de vivir –a lo más– tres veces la cantidad de tiempo que ya has vivido, y aunque no es tan diferente cumplir 18, 19 o 20, en menos de un año las cosas pueden cambiar, y bastante.

Sentimientos de melancolía abundan por sobre todo cuando cambias la introspección por retrospección. Ver todo lo que has hecho, a quienes te han acompañado y a quienes no volviste a ver jamás. Lo que no hiciste por tener que hacer otra cosa, o lo que hiciste y terminó tan bien que no te lo creíste. No es tan bueno vivir en el ayer, pero hay excepciones, y es sencillamente imposible dejar atrás ciertas cosas del pasado. Casi siempre se torna inevitable dar la vuelta en tu camino y observar lo que ya has recorrido. Recordar amigos que ya no son más; otros que lo son pero que, sin embargo y no sé si desgraciada o afortunadamente, lo único que sigue uniéndoles es el recuerdo; y otras personas que muchas veces pensaste que se convertirían en pilares fundamentales de tu vida pero que desaparecieron sin siquiera dejar rastro.

Añorar sensaciones y emociones que difícilmente podrás volver a experimentar, a no ser que las guardes con cariño en alguna canción que, al comenzar, refresca el sentimiento y lo inmiscuye en tu yo más profundo, como si fuera el mismísimo momento ocurriendo una vez más. Más difícil aún es pensar que hay muchísimas cosas que simplemente tenían un chance en la vida de ocurrir, y que por más que lo intentes será imposible repetirlas.

Pero no hay que caer tan bajo como para entrar en el mismo paradigma de la gran mayoría: ese de todos los que te dicen “llega cierta edad en que te preguntas ciertas cosas y te cuestionas de si realmente lo hiciste bien, de si hiciste lo que tuviste que haber hecho cuando tenías que hacerlo, y de si has llegado a donde deberías haber llegado”. ¿Qué clase de mentalidad es esa? El único momento en que será tarde será aquel en que ya no existas más. Pero mientras estés vivo puedes hacerlo todo, sin importarte lo que piensen los demás, sin preocuparte de “¿rayos, es esto que estoy haciendo algo acorde a lo que todos hacen a mi edad?”. No hay ley escrita ni mandato que restringa lo que puedes hacer de acuerdo a cuántos años tengas. Eres libre y la única en quitarte la libertad en tu forma humana, será la muerte. Pero antes que preocuparte de la forma en que los demás condicionan y limitan sus vidas e intentar seguir esa estúpida regla, ocúpate de que cuando llegue la hora y tengas que enfrentar a la muerte ya lo hayas hecho todo, absolutamente todo lo que añorabas, y sin haber gastado un santo segundo en pensar si tenías que hacerlo o no en el momento en que lo hiciste.

Pero no todo es tan crítico, ni tan oscuro. Para nada. Aunque suene trillado, debo decir que estoy profundamente agradecido de la vida. Nací en el seno familiar de un humilde hogar, y quien habría de acompañarme durante mi infancia y mi temprana adolescencia sería mi abuela materna. Eterna compañera, sería la incomparable mujer que me enseñaría, desde muy pequeño, no solo el verdadero significado del amor, sino que también innumerables valores y verdaderas actitudes ejemplares. Me llevaría, realmente, a otro plano de la existencia. Gracias a ella y a mis padres podría surgir en mi interior, y desde muy pequeño, una visión bastante crítica y madura, si se puede decir, de las cosas.

Desde pequeño demostraría una inmensa afición por la música. El grupo español ‘La oreja de Van Gogh’ habría de ser el artífice de mi entrada a ese mundo tan apasionante e insospechado, y tanto sería el fanatismo que hasta casi 17 años después los seguiría oyendo, junto con los otros cientos de artistas que llegarían a entregarle banda sonora a cada momento de mi vida.

En la escuela destacaría en innumerables ocasiones gracias a mi rendimiento académico, pero lo que me interesaría y me interesa más: Gracias a mis creaciones literarias. En la enseñanza básica dedicaría algo de mi tiempo a escribir algunos cuentos –de los que hoy aún queda el registro de uno llamado “Los Tres Planetas Ocultos”–, y el reconocimiento más masivo lo recibiría con el primer lugar en un concurso de microcuentos, gracias a “Sueños Cibernéticos”, un pequeño relato que tenía más ternura que calidad literaria.

En la enseñanza media, exactamente en 2011, cuando el Internado Nacional Barros Arana inició una de las manifestaciones tal vez más largas de su historia, descubriría mi talento musical, llegando a registrar más de 100 maquetas hasta la fecha. Todas grabadas a capela, a excepción de “Dime”, cuya instrumentalización se llevaría a cabo gracias a la colaboración de un viejo amigo, lo que me permitiría posteriormente publicarla. Simultáneamente me haría consciente de mi afición por las artes audiovisuales, creando un humilde videoclip –cuyo trabajo pesado sería en realidad asumido por mi amiga Antonia San Martín–; lo que me inspiraría posteriormente a crear mi propio cortometraje para la despedida de mi generación en el año 2014, casi autónomamente, pero siempre gracias al apoyo de mi profesora Jeannette Beltrand.

Así, entre tantas historias, me doy cuenta de cuanto me ha dado la vida, de que he sido y soy, sin ataduras ni soberbia; escritor, filósofo, guionista, poeta, compositor, cantante, deportista, camarógrafo, actor, casi hasta productor audiovisual, y ahora estudiante de Odontología. De ahí que siempre ponga tanto énfasis en que todos deberíamos ser personas integrales y a lo largo de nuestras vidas hacer todo lo que nos sea posible, sin temer ante la diversidad de opiniones y críticas que eso pueda conllevar. Hacer lo que nos nazca y buscar arriesgarnos en lo que tal vez creemos no ser buenos. Después de todo, absolutamente nadie va a decirnos qué habría pasado si lo hubiésemos hecho. Mejor es hacerlo, arriesgarnos y ver los resultados: Si son buenos o son malos, eso es algo que viene por agregado. Lo importante es hacer las cosas y disfrutar el momento en que las haces, poner toda la pasión del mundo por cada nueva experiencia, perseguir nuestras obsesiones, aunque nos aterroricen hasta el punto de casi no poder hablar sobre ellas.

Luego de 20 años siento que hecho tanto, que la maravillosa infancia ha acabado y que solo quedan vestigios de la adolescencia. Pero tampoco eso tiene que llevarnos a pensar que ya somos otras personas. Muchas de las cosas que me hicieron ser yo mismo cuando niño, aún viven, y eso es simplemente maravilloso. Por eso también escribo tanto: para recordar quien soy cuando pareciera haberlo olvidado. Para ver qué tan apegado sigo estando a mis principios, para ver en qué debería evolucionar y en qué tal vez debería dejar que se queden las cosas como están.

20 años y cuánto comentario de que “estás viejo”, 20 años y unos pocos diciendo “estás recién floreciendo”; 20 años y cualquier opinión, menos la que yo podría considerar acertada a estas alturas del camino maravilloso que es la vida. Podría decir que para mí esto recién comienza, pero sería muy trillado y estaría mintiendo. Para mí esto no comienza acá, sino que sigue y continúa avanzando con la vigorosa energía que surgió desde que tomé conciencia de mí mismo. No es un cambio de rumbo, no es mirar y tratar de enmendar el pasado. No es deprimirse como muchos lo hacen cuando ven el número que representa su tiempo de existencia en términos humanos. Es, sino algo más, seguir subiendo la inspiradora, grandiosa e imponente montaña hasta la victoria, hasta la verdad, hasta la realización y a la paz espiritual que tarde o temprano habremos de entregarnos los unos a los otros, cuando sepamos todos deshacernos de lo banal y logremos comprender a qué va este cautivador camino sin retorno.

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