La vergonzosa arrogancia universitaria

A decir verdad, esta nota estaba destinada -o intencionada, pero no sé si suena bien decirlo de esa manera- a ser escrita varios meses atrás. Específicamente justo apenas terminara el año académico 2016. Pero el verano llegó tan de repente, y las vacaciones trajeron consigo experiencias tan inesperadas e inéditas en mi vida, que ni tiempo me dio para sentarme a escribir. Y eso ya de por sí me hace sentir algo poco realizado, puesto que, de todos los blogs que he tenido, siento que este ha sido el más atrevido y ‘perseverante’, y sin embargo estuvo muerto. Pero eso, claramente, tiene un porqué. Esas experiencias inesperadas incluyen el ‘bloqueo inspiracional’ más ingrato que he llegado a sufrir, pero no todo es negro. Este tiempo de descanso fue más que de descanso, fue tiempo de cambios y de aventuras insospechadas, y tal vez hable de todo aquello en otra instancia. Aunque, sinceramente, no estoy seguro de que este blog y su enfoque sean compatibles con todo lo que debo contar. Ya veré qué hacer.

El año pasado al fin ingresé de manera estable y decidida a la universidad. También de manera muy feliz, puesto que cuando pensaba que me la pasaría solo por el resto de mi estancia en ese lugar, me topé con inesperadas y maravillosas amistades, y también, debo decirlo, con una institución bastante diferente a lo que había esperado (para bien, claro, aunque eso no me impediría observar lo negativo).

En mayoría, cosas positivas. Pero mi ojo crítico de escorpión, que no transa nada que vaya en contra de sus propios principios, poco pudo dejarme en paz. Más temprano que tarde me haría consciente de un asunto que se transformaría en la causa de los kilógramos de arena que llevarían a colapsar mis propias entrañas: la arrogancia universitaria.

No pretendo construir esta crítica como el verdadero manifiesto de un social justice warrior cualquiera, pero si hay algo que me molesta de la universidad -y a toda institución similar- y su gente -incluyo universitarios y profesionales-, es el absurdo vicio de cada quien -de quienes corresponda- por engrandecerse constantemente, por erigirse a sí mismo y sentarse cada día en un trono para mirar en menos a todo aquel que no ‘goce’ de la misma situación.

No quiero decir con esto, y muy claro debe quedar, que esté mal perfeccionarse día a día, intentar y poner todo el énfasis en ser mejor que ayer: cultivarse. Muy por el contrario, esa debería ser exactamente la intención de todos aquellos quienes desean un mejor presente y un mejor futuro tanto para sí mismos como para la sociedad en su conjunto.

Pero aquella intención noble, honesta y quizás empática, se corrompe en el preciso instante en que comenzamos a considerar como sujetos de ‘menor valor’ o de menor importancia a aquellos quienes no se encuentran en nuestra misma situación.

Yendo más al grano: En la universidad se tiende a menoscabar y hasta menospreciar la imagen del técnico y a enaltecer de manera vanagloriosa las supuestas competencias superiores de las que gozan los universitarios y los profesionales del ámbito. Es un vicio ingrato e irritante, reflejo del complejo de superioridad que aqueja a una buena parte de nuestra sociedad, el de referirse a los técnicos y a todas aquellas personas sin estudios superiores como si fueran nada más ni nada menos que autómatas, condenados a repetir una y otra vez procedimientos estandarizados y muy bien pensados. Para el sujeto de universidad -y lamento si caigo en generalizaciones, pero entiéndase que me refiero a quienes realmente aplique- sólo el universitario es capaz de ver más allá de lo evidente. Pero sabemos que eso no es realmente así.

No obstante lo previamente sostenido, mi comentario no apunta tanto a analizar o a comparar las competencias de las que goza un universitario -o profesional- con aquellas de las que goza una persona que no lo es. Contra lo que deseo, y con toda convicción, arremeter, es la constante arrogancia con la que muchas personas forman su vida profesional en la universidad, y la interminable obsesión de sentirse como seres sobrenaturales una vez reciben el cartón.

Este jodido mundo siempre trata de instar a cada individuo a ser mejor que el que se halla a nuestro lado y a pisotearlo, si es posible, una vez se le ‘supera’.

Recuerdo muy bien que cuando pensé en redactar esta crítica, tenía muchas cosas más que decir que las que ahora logro recordar, re-identificar, y plasmar en la redacción. Lo que muy bien recuerdo, eso sí, era mi absurda y desesperante necesidad de aprobar todos los ramos para así poder escribir todo esto. Porque seamos sinceros, y espero puedan captar mi punto y no lo malinterpreten: no sería tomado de la misma manera en el caso de que mi primer año hubiera sido un fracaso. O tal vez incluso en el caso de que hubiera reprobado un solo ramo. ¿Y por qué menciono esto? Veámoslo bien: así es la sociedad. Busca constantes pretextos para seguir alimentando el vicio de sentirse superior al resto, y vive con la patética necesidad de usar esa superioridad como una asquerosa herramienta que le permita hacerse dueña de la razón. Y tal vez sea aquel el mismísimo mecanismo a partir del que un universitario busca construir su superioridad con respecto al que no lo es. Si mi primer año no hubiera sido tan ‘exitoso’, en estos momentos tal vez yo sería un pobre frustrado buscando desquitarse con aquellos que tuvieron más éxito. Pero como me fue ‘bien’, entonces tengo el derecho indiscutible de arremeter contra esta situación. O quién sabe, tal vez ni siquiera eso: puede que para algunos sea un idiota eligiendo una batalla que no es la suya. Pero independientemente de todo aquello, y de lo molestas que puedan tornarse todas estas situaciones, no estoy solamente para criticar sino que también para sugerir mejoras.

Lo que tenemos que entender como personas, y como seres humanos, por muy trillado que suene, es que todos somos valiosos en cierto modo. Eso tampoco significa que automáticamente estemos todos en una especie de ‘igualdad de mérito’. Es claro, hay personas cuyo único impulsor del propio éxito ha sido una mezcla de esfuerzo y sacrificio. Y hay otras que no han movido una piedra en su vida. Pero no dejemos, por favor, que ese esfuerzo y que ese sacrificio se conviertan en una excusa para llenar nuestras vidas de arrogancia. Podemos superarnos a nosotros mismos, cada uno peleando por ser mejor de lo que fuimos el día de ayer: no por ser mejores que el de al lado para luego refregárselo en la cara.

Dejemos de creer que un papel, cuyo sustento no se halla más que en la innumerable cantidad de abstractas e inestables construcciones sociales en las que se basa el funcionamiento de la sociedad, nos hace automáticamente superiores en todo ámbito de la vida. El valor intrínseco de todo ser humano es innegable, y es momento de comenzar a darle más importancia. Al parecer, nuestras insensatas ambiciones nos han llevado a perder toda conexión con aquello que somos en realidad. Nos hemos convertido en sujetos vacuos cuyas grandes aspiraciones apuntan a seguir sumergidos en aquella pelea por ver quién acarrea más bienes materiales, por quién se adueña de la herramienta que le permita hacerse con mayores cantidades de dinero: una constante búsqueda del ilusorio poder que entrega la ‘riqueza’ material.

Ya no veamos más a los universitarios y a los profesionales como si fueran unos dioses: todos de alguna manera aportamos al desarrollo de la sociedad y nadie es prescindible. La sabiduría, por otro lado, no tiene nada que ver con la condición de profesional: allá afuera hay millones de personas que no han dado un solo paso dentro de una universidad pero que sin embargo son verdaderas enciclopedias caminantes. Dejemos de creer que un título nos hace más inteligentes.

Dejemos de creernos la muerte por estar en la universidad. Eso no significa quitarnos el orgullo: todos podemos enorgullecernos de nuestros logros. Yo, por ejemplo, me enorgullezco de mi blog, me enorgullezco de mis canciones, me enorgullezco de ser quién soy y sin temores por mostrarlo de manera sincera. Pero todo aquello, y por mucha fe que tenga en mí mismo, no me da el derecho de creerme mejor que otros, de jactarme, y de burlarme por su supuesta ‘inferioridad’. Aquello, dicen los budistas, es una trampa del ego. Y pueda o no entenderse como aquello, lo que está bien claro es que la arrogancia nos hace mal y nos llena de problemas evitables. Pero por sobretodo: corrompe nuestra humanidad. Aquella humanidad que nos ha llevado en los momentos más críticos a darnos las manos y a seguir juntos adelante. No sigamos olvidando, por favor, que todos tenemos una gracia intrínseca y que cada uno, con respecto al otro, es incomparable.

Y no olvidemos, una vez más les pido por favor, y con el corazón en mi mano, que entre los padres de muchos de nosotros hay técnicos -o personas sin título alguno también- que, con el inmenso esfuerzo de sus vidas, han logrado empujarnos hasta donde estamos: Mis padres son técnicos y yo estoy más que orgulloso de ellos. Y ni la universidad ni la arrogancia descontrolada de algunos me harán pensar que son menos valiosos que un jactancioso profesional.

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