Autómatas desde jóvenes. CdeT + #AlanisLiteral

¿No deberías estar estudiando ahora?
A pesar de la importante prueba que me absorberá mañana, he decidido darme un vasto descanso. Un descanso para pensar, como muchos de ustedes lo deberían hacer. Y no digo esto último atribuyéndome un rasgo especial, ni tampoco lo expreso con escondidos ánimos de arrogancia y/o menosprecio. Lo hago como la última opción para abrirle los ojos a unos pocos, o para encontrar, con alguno de ustedes, esos puntos en común que nos permitan reunir fuerzas.
Voy a comenzar esta breve crítica mencionando que me tienen harto los comentarios tipo “¿no deberías estar estudiando ahora?”. Así que detengamos esa manía.
Me tienen harto, extremadamente harto, porque no hablan más que de la efectividad que tiene este sistema para que, desde muy jóvenes, nos adecuemos a la monotonía y al rasgo autómata que se nos quiere adjudicar para que desde muy temprano seamos funcionales y serviles al mecanismo que le permite el funcionamiento a esta sociedad enferma.
No habla más que de lo sumidos, perdidos y condenados que están muchos de ustedes. No habla más que de cómo les han asesinado su creatividad, de cómo les han reducido el tiempo al cero absoluto -incluso virtualmente- para platicar asuntos profundos, o para reflexionar por ustedes mismos acerca de una gran diversidad de cosas, entre ellas las que les aquejan y también las que les apasionan. Y digo virtualmente, porque no sólo nos han reducido el tiempo de recreación y nos llenan de horarios azotadores (y muy mal hechos, tanto en la educación escolar como en la superior) -con ramos que nos idiotizan, porque muchos de ellos sólo los aprendemos de memoria y, en menos de una semana después de la evaluación, los contenidos se nos olvidan-: también a muchos los han convencido de que, prácticamente, el tiempo que tienen para el ocio -el buen ocio que trae consigo la creación de nuevas ideas- es microscópico.

  

Cuando trabajes va a ser peor.
Es increíble la normalización de la vida basura a la que nos han condenado. Tal vez la raíz de todas las cuestiones es el dinero. Porque es por el dinero que quieren sacar rápido sus carreras, y es por el dinero que los han convencido de querer trabajar desesperadamente pronto. Porque es por el dinero que van a poder sacar otros sueños adelante. O eso les dicen, porque nada les asegura, y por muy necesario que este sea, que será el dinero lo que les traerá la felicidad y lo que les permitirá concretar aquellos sueños.
Un odontólogo, por ejemplo, “está de 8 a 10 horas diarias en su consultorio, durante 5 a 6 días semanales, es decir, de 25 a 48 años de su vida”, dice en la guía que estudio para la prueba de mañana. También lo han repetido los docentes, también lo mencionan los mismos odontólogos ya titulados, como si fuera una realidad muy natural, como si no hubiera nada más que hacer y como si estuvieran convencidos de que nadie va a rebelarse contra eso.
Me pregunto, ¿por qué?… Casi 10 horas diarias de tu vida, y tomando en cuenta que nos demos unas ocho horas de sueño -según varios estudios, ocho horas de sueño es lo ideal para los jóvenes y adultos-, eso solo resta menos 6 horas para la verdadera vida. Mientras tanto, los poderosos como Piñera -que nos libre el cielo de este criminal-, se ríen en nuestras caras hablando de que el día a día tiene tres tercios: un tercio para trabajar, uno para descansar y otro para recrearse… No obstante, sabemos muy bien que la realidad de la mayoría y a la que a casi todos se nos quiere destinar está muy lejos de ser tan rosa.

  

La mayoría de los viejos no lo entiende
No lo niego: tal vez la postura de muchos adultos, si leyesen esta crítica, podría ser sumamente incompatible con mi punto de vista. Puede que sea una perspectiva demasiado ‘millenial‘ de la vida. Es absolutamente contrario y transgresor respecto a la forma de ver las cosas que tienen los más viejos, porque en sus tiempos para muchos -muchos más que hoy- era un sueño entrar a la universidad, y el estatus que otorgaba el hecho de tener una profesión, compensaba la explotación y los hacía ciegos -los hace, hasta el día de hoy- frente a la penosa servidumbre disfrazada a la que siempre los poderosos nos quieren llevar.
El otro día conversábamos junto a una amiga con uno de los docentes de la universidad. Ella manifestaba, y con muchísima razón, su descontento con el horario azotador y casi inhumano que nos aqueja. El docente, desde una perspectiva que intentaba a duras penas ser empática, nos daba la razón en cuanto al hecho de que la carga académica era más bien inquietante y que incluso lo había manifestado frente a los directivos. Pero esa altura de miras y toda la ‘cuánta razón’ que su postura demostraba, se desmoronó apenas expresó que al momento de trabajar todo sería peor. En otras palabras dio a entender que esto no era más que un pequeño adiestramiento y que teníamos que resignarnos a que cada vez nuestra verdadera vida perdiera más importancia. Igualmente dio por hecho que nuestras aspiraciones no iban más allá de romper ese inquietante paradigma.
Por otro lado, cuando se conversa con adultos respecto a esto, muchos no tienen otra respuesta más que la típica ‘lo único que tienen que hacer es estudiar’, como si fuera esta la única forma de llevar la vida, lo único que hacer realmente, y obviando todo lo demás: aquello que nos hace seres integrales y capaces de desarrollarse en un sinfín de ámbitos.

  

No quiero borrar mi juventud
La época que abarca, más o menos, desde los 15 hasta los 25 años es tal vez la más linda. El paso de la adolescencia a la temprana adultez, los viajes introspectivos y por el mundo que nos permiten descubrir un sinfín de nuevas aventuras, justo cuando creíamos que lo habíamos visto todo; el constante quebrantamiento de nuestras zonas de confort; el final de la timidez en el caso de los introvertidos -mi caso-; la espléndida y momentánea belleza que se hace parte de nosotros junto al crecimiento de nuestro autoestima, así como la sensación de bienestar personal, entre otras maravillas; nos llevan a ver la vida de otro modo y a sentirnos los reyes del mundo. Las ansias por conocer nuevas personas y cruzar cada vez más fronteras, la energía intrínseca de esta parte de nuestras vidas que nos empuja, o que por lo menos nos pellizca, para escapar de donde estamos y experimentar el mundo en su completa dimensión, no nos dejan de hacer cosquillas: ese lado salvaje y libre que grita con todas sus ansias para decirnos que tal vez hacemos demasiadas cosas que no queremos y muy pocas que sí.
El sistema en el que estamos sumidos nos quiere transformar en todo lo contrario: autómatas condenados a un vicio de ‘memorice y repita’ para que no seamos más que la piezas de un engranaje perfectamente ideado y que depende directamente de nosotros. El esfuerzo de unos miles para el disfrute de unos pocos. Nacer, crecer, trabajar y morir. Ver cómo día a día nuestros padres son explotados y asumir que por naturaleza y más que nada, por paradigmas, ese también es nuestro destino.
¿Realmente así tienen que ser las cosas?

 

No podría vivir sin ser parte de la literatura y de la música:
Somos artistas en potencia y la sociedad, en su mayoría, no lo valora.
Cuánto talento veo en quienes me rodean. Cuánto artista, cuánto pintor, cuánto músico y escritor (estas dos últimas son tal vez mi elemento en desarrollo), cuánto artista en potencia que por las circunstancias y por vivir en un país en donde las artes son tan poco valoradas, ha tenido que ver truncados sus anhelos y resignarse a dedicar absolutamente todo a lo que realmente no le apasiona.
En mi situación, al menos, no es tan así. Y quisiera saber que es el caso de muchos. O quisiera también hacerles un pequeño remezón a todos aquellos que creen que solo puede ser una cosa y no ambas, y que por eso mismo es que deberíamos reunir fuerzas y manifestarnos: Me apasionan tanto las ciencias formales como las sociales y así también las artes, aunque justamente ahí está el pero y su relación con la reducción virtual del tiempo que nos han llevado a creer: nos hemos llenado de sujetos que piensan que no pueden llevar hoy mismo a cabo sus otros sueños porque solamente tienen que enfocarse en aquel que le sea más útil a la sociedad.
Estamos en un país de carácter sumamente capitalista y lleno de autómatas, a pesar de las promesas del socialismo -que se traducen en cosas no muy diferentes, al fin y al cabo, de lo que ofrece la derecha-, por lo tanto nos acostumbran a valorar únicamente aquello que genere más dinero y a dejar las artes y la recreación en segundo plano, solo porque no son útiles monetariamente hablando: los grandes empresarios no nos quieren haciendo canciones con sentido social o escribiendo blogs llenos de críticas porque no sirven para nada más que desestabilizar el sistema que tanto les acomoda. Sólo quieren que se siga llenando, como he dicho con anterioridad, de engranajes desechables producidos en masa que le permiten el funcionamiento a este sistema.
Yo también quiero llevar a cabo mi arte: mis canciones y lo que escribo los siento como la razón de mi existir. Sé que muchos nos sentimos de la misma manera y no podemos pretender que lo tenemos que postergar infinitamente hasta que ya no nos quede tiempo.

  

Rompamos el paradigma y dejemos de resignarnos.
Tenemos que romper con este modelo de hacer y ver las cosas solamente porque aquellos que están en la cabeza y nuestros mayores crean que es lo correcto.
Creemos que es el tipo de presente y de futuro que nos toca vivir solo porque para ellos su pasado y su presente han sido así.
Nos sentimos entre la espada y la pared porque tal vez muchos de ellos tuvieron que empezar a trabajar jóvenes y ver mermados gran parte de sus sueños, y también tuvieron que contener las ansias de escuchar a ese lado salvaje y libre.
Dejemos de heredarle a las nuevas generaciones toda esa frustración y la resignación que nos convierte en engranajes de un sistema que está mal, profundamente mal, visto desde todo punto de mira: Empecemos, por favor, a ser más libres, y a vivir un presente pleno que no tenga que dejar necesariamente de lado un futuro. Un futuro que también debe ser transformado.
Porque ese futuro que soñamos no es un futuro con un par de semanas de vacaciones y todo un año dedicándole más de la mitad de la vida a la condena de explotación que nos han firmado a la fuerza.
Empecemos a valorar aún más las artes y no aguantemos más que las cosas tienen que seguir así sólo porque los mayores piensan que es la mejor manera. Lo que tienen es miedo, tienen miedo de que las cosas cambien porque no están acostumbrados al cambio y por décadas se han transmitido sin cesar esa tóxica resignación que nos ha transformado en autómatas serviles, que nos ha condenado a una esclavitud disfrazada.
Dejemos de pensar que no hay otra manera.
El presente es de los jóvenes, no de los viejos. A la basura las tontas ideas de todos ellos.

  

No confundamos las cosas
Este no es un llamado a dejar de esforzarse y no busca instarle a nadie a pensar que todo tiene que llegarnos fácil. Todo lo contrario. La vida es una lucha para todo ser vivo, y en todo ámbito. Si la civilización humana jamás hubiera llegado al grado de complejidad y avance tecnológico del que hoy puede “gozar”, y siguiésemos, por ejemplo, siendo hombres de las cavernas, muy probablemente tendríamos aún así que esforzarnos, y luchar tal vez tanto o más que hoy. Pero vuelvo a insistir que un pasado injusto e incómodo no justifica un presente y un futuro iguales a eso.
Los artistas -y los artistas en potencia- también nos esforzamos por todo lo que hacemos. Los que queremos más tiempo libre que trabajo también tenemos que esforzarnos. La diferencia es que queremos vivir una vida realmente, construir un mundo en donde podamos gozar de lo que nos nace desde lo más profundo de nuestros espíritus, y donde podamos transformar la sociedad hasta un punto en que ya no seamos más esclavos de unos pocos, sino que podamos vivir disfrutando nuestra existencia junto a los que más queremos.
Luchemos cuanto antes por abolir la nueva forma de esclavitud disfrazada llamada siglo XXI y democracia. Luchemos por la libertad y por la expresión. Luchemos por un mundo justo y obliguemos a los más poderosos a darse por vencidos, a convencerlos de que la fiesta se les acabó porque las nuevas generaciones nacimos con la transformación en nuestras venas.

 

Esta publicación forma parte de Corazón de Trotamundos y #AlanisLiteral al mismo tiempo, ya que explicita muchas cosas que publico en los microcuentos introspectivos mencionados -los del hashtag #AlanisLiteral, de Instagram-, y que a veces pasan desapercibidas al ser parte de escritos tan abstractos y que en muchas ocasiones, a pesar de todo lo que les dedico, sólo yo los entiendo.

 
Un agradecimiento especial, un beso y un abrazo enorme a aquellos que me leen. Sé que son poquitos, pero ustedes me hacen llorar de la emoción cada vez que me dicen ‘oye, te leí, está genial’ y me empujan con fuerza a seguir adelante en este camino por mi sueño de ser un verdadero escritor.
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